Valores

El otro día comentaba una buena amiga la dificultad con la que se enfrenta al tener que explicar a sus alumnos algunos temas de sociales, en este caso el de la democracia y el sistema electoral. Y es que la cosa debe estar muy jodida para que una buena profesional como ella  que lleva años explicando algo que a su vez recogen cuantiosos manuales de ciencias sociales, hoy resulte una peripecia difícil de salvar.  Yo que trabajo con niños más pequeños la entiendo perfectamente, pues me pasa algo parecido con el tema de los límites y  los valores. Ya saben: educar para la paz (de unos pocos), respetar al prójimo (aunque sea capullo y medio), no robar (aunque a ti te estén sangrando por todos lados) y, cómo no, la igualdad de oportunidades (me gustaría encontrar al que introdujo este principio y preguntarle que fumaba en aquel momento). Y es que cada vez tengo más serias dudas de si trasmitiendo estos valores estoy educando para que mis alumnos sean mejores ciudadanos o, simplemente,  los mismos gilipollas que hemos permitido que toda esta mierda de crisis suceda. Algunos pensaréis que mis dudas existenciales, una vez más, son exageradas o desorbitadas. Pero ya veréis como tienen un porqué. Hoy en clase ha salido el tema de robar. Esas cosas que pasan entre peques, estuche de los pokémon que veo, estuche que quiero (y me agencio).  Después de identificar al “sujeto sospechoso” y de comprobar que entre el bocadillo de mortadela y la libreta de mates se hallaba el objeto sustraído, intenté hacer un discurso de “lo malo” que es robar. Desde el principio me imaginé que el tema no sería fácil de llevar, teniendo en cuenta que aproximadamente un tercio de mis alumnos tienen a sus padres u otros familiares en la cárcel por este mismo delito. Pero en ningún momento me imaginé que resultaría tan complicado, por mi parte, trasmitir este valor. Por poner un ejemplo, uno de mis alumnos que vive en una furgoneta, y cuyo padre roba pero aún no lo han trincado, decía que su padre le explicaba que robaba para que ellos pudieran comer. Supongo que los manuales de educación para la ciudadanía recogen que en este caso se ha de decir: tu padre ha de buscar un trabajo y mientras no lo encuentre, pedir una ayuda económica al Estado. Pero resulta que no hay trabajo, y menos para un padre no cualificado de cuarenta y tantos años y, además, ahora tampoco hay ayudas económicas. Y todo eso porque unos señores que tienen más pasta de la que él y yo podremos acumular en vida han estado estafando a este país hasta decir basta y, claro, ahora les estamos ayudando nosotros a ellos. Y todo esto me ha hecho reflexionar que probablemente la línea moral que separará en su día a su padre del carcelero no es tan visible como las rejas que separarán sus cuerpos. De la misma manera que me es cada vez más complejo trazar la frontera que separa la angustia del perseguido de las garras del perseguidor. Y es que hasta ahora hemos vivido creyendo saber dónde están las fronteras de las cosas, dónde termina lo justo y dónde empieza lo injusto, el muro que separa la calma del pánico, cual es la línea divisoria que disocia estar vivo de estar muerto. Y quizás, visto lo visto, ya nada resulte tan claro.

Dicen los físicos que apenas concebimos un 1% del universo, el 99% restante es materia oscura. Quizá este detalle nos ayude a entender que concebimos el mundo de una manera limitada por lo que lo quizá algún día se demuestre que lo que era blanco no era tan blanco y lo que era negro era mucho más oscuro y extenso. A saber. Pero lo cierto es que ante tal paradigma, una profesora no puede demostrar estar ávida de respuestas. Aunque ciertamente lo esté. Así que, esta vez, sólo acerté a filosofar que la vida, como repetía mi abuela, era un poco de todo y un poco de nada. Y para distinguirlo, lo más importante era aprender, saber. Ella también hizo algo parecido a robar para alimentar a sus hijos. Entonces se le llamaba contrabando. Eran otros tiempos. Ya no sé si peores. Lo cierto es que también ella estuvo en la cárcel y allí aprovechó para hacer de maestra, porque en aquellos tiempos era la única reclusa que sabía leer y escribir. Ese aprendizaje la convirtió en una gran persona para otras mujeres. Y le sirvió en tiempos mejores, para continuar su vida trabajando con una dignidad que pocos lograrán jamás imaginar.

Cuando mis alumnos marcharon de clase, recordé a mi abuelita. Falleció en octubre del pasado año. El médico que la atendió diagnosticó que había muerto de vieja. Nunca lo creí. Lo que no sé es si murió de un poco de todo o de un poco de nada. Espero que fuera de lo primero.

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2 Respuestas a “Valores

  1. Genial Bego..ara sempre continuaré dient que res és el que sembla. Per sobre de tot hem de ser honest amb nosaltres i amb els que t’envolten, cosa que hem perdut..i molt pocs busquen o busquem.

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