Pisadas

Estaba jugando a fútbol con algunos críos de mi clase cuando de repente sentí un tirón en la pierna derecha. Para no parecer una profe estropeada ante la mirada de 21 alumnos frente los que me muestro diariamente como una maestra sólida y persistente, decidí ponerme de portera y disimular mi fragilidad, una vez más. Siempre que juego, trato o discuto con estos niños pienso que ellos lo hacen con ventaja. Pensad que son personas que, aunque parezca imposible, han nacido en el año 2006. Recuerdo que la primera vez que observé este detalle en la lista de clase pensé inmediatamente que se trataba de un error administrativo, cosa por otro lado frecuente. Pero cuando caí en la cuenta de que, realmente, éste era el año en que se habían asomado a este mundo, entendí que a pesar de todo lo acumulado durante el devenir de mi existencia, ellos contarían siempre con una virtud que a mí ya se me había escapado en gran medida, el tener toda una vida por delante, toda una vida por descubrir.

Por la tarde, al salir del cole, decidí visitar a mi médico. Éste me recibió un tanto extrañado, cosa que por otro lado es normal teniendo en cuenta que la última vez que nos vimos le dije que todos sus consejos no me habían servido para nada, y que le daba unas largas vacaciones. Nada más entrar en su consulta le advertí que esta vez venía por un tema estrictamente físico, por lo que podía ahorrarse todos los sermones habituales. Aquella aclaración resultó ser un alivio para los dos. Así que sonreímos y le expliqué lo del tirón. Evaluó cuidadosamente la movilidad de mi pierna y me recetó caminar. Yo ya camino, le contesté. Ya, replicó, pero me refiero a caminar como objetivo, no como medio. Dedicarte exclusivamente a caminar unos 40 minutos, diariamente. Lo miré, desconcertada, una vez más. Ni tratándose de un tema físico puedo llegar a entender sus consejos. Ya he llegado a pensar que, diga lo que diga, recete lo que recete, lo hace por putear. Sabe perfectamente que no me gusta caminar porque sí. Pero, bueno,  entiendo que en toda guerra hay treguas, y supongo que por esta vez me tocaba a mí levantar la banderita blanca y resignarme a ceder.

Al día siguiente, las molestias en mi pierna no sólo persistieron sino que además aumentaron. Sé que parece rocambolesco y un tanto maníaco, pero tiendo a pensar que si empeoro es por su culpa, que no lo ha hecho todo lo bien que lo debía hacer, que no es un buen médico. Quizás extraigan de mis comentarios que no respeto a este gremio, pero para nada es así. Los admiro profundamente, hacen cosas increíbles. Por eso me jode ser la puta excepción cuando mi sufrido doctor me repite que aún no ha conseguido cerrar ninguno de mis casos en su historial. En fin, que me pierdo. ¿En qué habíamos quedado? Ah sí, en caminar 40 minutos. Pues eso, al día siguiente me puse el mismo chándal que conservo desde hace diez años, me calcé mis deportivas y salí a cumplir con mi cometido facultativo. En mi trayecto hacia el parque observé a decenas de personas caminando apresuradas de un lugar a otro. Intenté jugar a adivinar adónde se dirigían para hacer más amena aquella obligación. Pensé que algunos de ellos se apresuraban por llegar a casa para ver a aquellas personas que hacían más agradable su existencia. Intenté calcular en qué proporción habían elegido a aquellos seres. Pero me perdí en los porcentajes. Nunca he sido buena en temas de estadística. Ni siquiera he conseguido nunca aproximarme a la variable que despeje qué parte de mi vida es elegida y qué parte es aún una incógnita. También analicé a otros caminantes, frenéticos, que se distinguían claramente de los otros por su caminar cabizbajo, abatido. Éstos eran diferentes. Me incliné a pensar que, en este caso, su prisa radicaba en recuperar los pasos, el tiempo perdido. Permanecí observándolos un buen rato, todos acababan desapareciendo tras el polvo que levantabas sus propias pisadas. Seis días después de repetir aquella rutina me percaté de que mi pierna apenas mejoraba, había perdido casi dos kilos y, tras tanta meticulosa observación, empezaba a sentirme angustiadamente cómplice del deambular desorientado de la humanidad. Al séptimo día resolví que lo mejor era comprarme una cinta de correr barata.

El sábado siguiente por la mañana, no muy temprano, decidí estrenarla. Al principio, resultaba sencillo y bastante impersonal. Se trataba, nada más, de caminar. Sin ningún otro aliciente, propósito o anhelo. En definitiva, un aburrimiento. Así que a los pocos kilómetros cerré los ojos, pero al hacerlo sentí como, misteriosamente, llegaba a lugares remotos de mi memoria. Paseé por aquel instituto de pueblo impronunciable dónde pasé largos años intentado indagar en qué consistía la vida, luego transité por mi vieja universidad dónde descubrí todo lo que estaba por hacer, y que aún, en aquel entonces, era posible. Más tarde circulé por las estrechas calles de mi pueblo y me pregunté cual fue el traspié que provocó que perdiera a algunos buenos amigos. También, fortuitamente, encontré un antiguo amor que permanecía anclado en algún punto de mi camino, y lo cogí de la mano y vagamos juntos por aquella hermosa y cruel ciudad que, en su día, decidió separar nuestros pasos.  Minutos más tarde me sentí cansada y paré aquella máquina. Al quitarme las zapatillas observé que estaban bastante maltrechas y que en sus suelas habían acumulado fragmentos de esperanza, y también de dolor. Descarté recapitular todas las pisadas que había recorrido hasta llegar a este punto de mi vida. Pero decidí, que a partir de ahora, mis pies sólo me llevarían dónde quisieran llevarme. Sin prisas. Sin recetas. Sin piedad.

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2 Respuestas a “Pisadas

  1. He aquí, en tu texto, una excelente alegoría de la vida, es decir, los caminos «sin piedad». Saludos. 😀

  2. Los caminos sin piedad son los más arduos de caminar pero, desde luego, las vistas son mejores. Saludos!

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