Descansa en paz, amor mío.

Recuerdo la última noche que pasamos juntos. La recuerdo parcialmente, como se acaba recordando todo en esta vida. Yo estaba, como de costumbre, bebiendo con unos cuantos de esos amigos que aún se conservan a pesar del tiempo y de los estragos que éste produce en las personas. No recuerdo en qué momento apareciste ni de que banalidades hablamos. Pero desde el mismo instante en que te vi noté como cada uno de los materiales que forman mi propio yo se dispersaban. Mi cuerpo atravesaba las brumas de la noche con una inquietud imprecisa, mi mente intentaba esquivar el recuerdo de algunos sueños arrojados a la orilla de la resignación, mis manos se movían torpes, intentando no rozar aquello que un día se les escapó. Atónita ante tal disgregación me dirigí al lavabo del bar. Vi mi rostro en el espejo e intenté ordenar todos los pedazos que se habían dispersado durante la noche, dotando al conjunto de esa sólida identidad que me ha de acompañar el resto de mi vida. Minutos más tarde comprobé que volvía a ser la misma de hacía apenas unas horas, la misma que mañana. Para ello tuve que arrancar ciertos hilos en los tejidos de mi alma, pero éste es el precio de arrinconar todas esas obsesiones por las que un día vibré y que ya no me pertenecen.

Fui directa a la barra a pedir otra cerveza. Y de repente apareciste tú. Yo estaba más tranquila porque ya me había convertido en esta otra. Empezamos a hablar de no sé qué cosas. A reír, de esa forma extraña en que sólo sonrío contigo. No sé en qué momento exacto noté subir la marea en mi mente, y al retirarse el agua volvió a aparecer esa otra que nunca se va del todo, que no cesa en reclamar un hueco en mi existencia.

A las pocas horas tú y quien fuera de mí estábamos ante la puerta de tu casa, rompiendo una vez más todas las promesas que me dictan que me aleje de ti. Subimos las escaleras de tu nuevo piso sin mediar palabra. Supongo que los dos estábamos mentalmente ocupados en evitar articular todas aquellas voces calladas que hemos ido tejiendo entre nosotros durante todo este tiempo.  A veces pienso que nos hemos conocido más por nuestros silencios que por nuestras palabras. Hay personas que opinan que ésta es más bien una forma de no conocerse. Yo no les contesto. Pero supongo que no entenderán lo que quiero decirles.

Tú no lo sabrás, pero cuando llegamos al primer piso, empecé a observar tumbas que sombreaban las paredes del edificio. Aquello, ciertamente, me extrañó, pero en vez de asustarme me invadió una profunda sensación  de curiosidad por lo que intenté afinar un poco más mi mirada fórica para ver si así conseguía leer algún epitafio. Pero nada. Otra vez, mi escasa visión me relegaba a ver mi mundo de manera limitada. Cuando entramos en tu casa estuve a punto de explicarte aquella espectral revelación, pero pensé que no lo entenderías, como muchas otras cosas, y decidí arrinconar aquel hallazgo a los confines de nuestros silencios.

Mientras tú te dirigías hacia la cocina, entré en tu habitación y empecé a observar los detalles. Tu abarrotada mesita de noche, los libros que pueblan con decoro tu estantería. Ya  había estado allí antes, creo. Pero esta vez, todo me parecía absolutamente fantasmal. Empecé a no encontrarle la gracia al asunto, así que, cuando cruzaste la puerta de la habitación, te pedí que encendieras la luz. Así lo hiciste y, sin embargo,  misteriosamente, todo parecía más apagado que antes. Voy al baño –te dije.  Y huyendo de aquel extraño me adentré en aquella otra estancia, buscando algo de tranquilidad. Me miré ante el espejo, pero éste me devolvió la imagen de otro ser, totalmente consternado, que no era yo.  Decidí echarle valor al asunto y mirando fijamente aquel reflejo espeté: Qué quieres.  Y, no estoy del todo segura, pero juraría que volví a ver una de esas tumbas y que conseguí leer su epitafio: “vives entre sombras”.

Regresé a tu habitación. Allí estabas tú. Pero no logré ver tu cuerpo. Apenas percibí  tu sombra. Me invadió el terror y rompí el silencio para decirte que esa noche estaba asustada. Tú sonreíste, ajeno a mis temores, malacostumbrado a mis excentridades,  y contestaste que no tenía que sentir miedo,  que total,  era una noche. Tu respuesta me recordó a aquel juego, la ruleta rusa, cuando en no sé qué película aquel actor repetía: “total, es una bala”. Joder, vale. Pero esa bala te puede matar.

De repente, desapareciste y regresaste con una cerveza. No sé por qué motivo, pero aquella lata opaca hizo que me sintiese aliviada y conseguí verme a mí misma como una sombra más entre las tinieblas. Sólo entonces conseguí que tu figura, sombreada, me pareciera una imagen infinitamente bella.  Y aquel sosiego me transportó a aquellas preguntas inmemoriales: ¿Cómo sería hoy mi vida si hubiese elegido vivir entre las sombras? ¿Sería una vida más auténtica? ¿Habría elegido seguir queriendo a aquellas personas que no me quieren? ¿Se hubiesen dado cuenta los demás de que finjo?

Demasiadas preguntas, sin duda. Quizá será mejor empezar por algunas respuestas, pensé. Y ya veremos qué pasa. De este modo, empecé a besarte. Inmediatamente, me reposaste en tu cama, al principio me pareció cómoda pero en pocos segundos noté en mi espalda esa madera fría que tallaba nuestro propio ataúd. Abrí los ojos, pero esta vez rehusé leer nuestro propio epitafio. De algún modo entendí que estábamos muertos, y que después de aquella noche ninguno de los dos volvería a resucitar jamás. Preferí mirarte a los ojos. Vi tus pupilas cerca, muy cerca, dentro de ese espacio fronterizo en que ya nada se puede ocultar.

De lo que pasó después, tengo un recuerdo parcial. Pero sí sé que tu mirada irradiaba destellos de algo aún hoy indescifrable. Recuerdo que no era mucha luz. Pero, aquella última noche, venció a la oscuridad.

D.E.P.

 

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3 Respuestas a “Descansa en paz, amor mío.

  1. Hola. Como sé que escribes muy bien (y eso de verdad que lo sé), te invito a la IV Edición del Carnaval de Humanidades de la cual soy anfitrión: http://literatura-es-realidad.blogspot.mx/2013/03/la-iv-edicion-del-carnaval-de.html

    Tus temas son buenos. Quizá nos quieras ayudar con alguna entrada como las tuyas, que son de las que «uno no creería buenas», je, je.

    En la convocatoria viene todo lo que necesitas saber. Si tienes dudas, también están los medios de comunicación.

    Gracias de antemano, y te reitero mi más sincera admiración.

    Saludos. 😀

  2. Fe de erratas: – que son de las ideas que «uno no creería buenas» –

    Ahora sí, saludos. 😀

  3. Gracias por la invitación. Miraré a ver de qué va el carnaval ese.
    Saludos

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