Insomnio

Hay personas que cuando no pueden dormir les da por contar corderitos o realizar cualquier actividad estúpida que en un estado de vigilia voluntario jamás realizarían, por ejemplo, mirar los horarios de gimnasios cercanos a su domicilio a los que jamás acudirán o,  como en aquella película, la cena de los idiotas, montar estructuras de edificios emblemáticos con palillos. Yo los califico como insomnes faltos de fe. Sin embargo, yo puedo decir que soy una insomne auténtica de esas que nunca pierden la esperanza en volverse a dormir. Así que, en esas noches, decido realizar tareas que no me alejen demasiado de esa cama que rehúye abrazarme en su sueño.  Por esta razón siempre he recurrido a coger un buen libro que, letra a letra, acaricie mis párpados hasta hacerlos pesados y me sumerja poco a poco en el mundo onírico. El otro día, escogí uno de Houellebecq y cuál fue mi sorpresa que en la cuarta página descubrí que el libro me leía a mí. Me había pasado algo parecido con algunos cuadros de Turner o de Delacroix en los que en su día me sentí sumergida en el más profundo naufragio o guiando la libertad de un pueblo al que ya no reconozco. Pero jamás con un libro. Desconozco si a ustedes les habrá pasado algo parecido, pero de repente me vi descendiendo por sus líneas como quien baja una montaña abrupta por  la cual no puedes retroceder y sentí  como  las palabras me recorrían en la dirección más profunda de mis entrañas. Al principio, intenté disimular para que el libro no se diera cuenta de su hazaña y seguí leyendo cada palabra poco a  poco, con la curiosidad de quien se adentra en las profundidades de sus más recónditas voces.  Y, en su preámbulo, las frases traspasaban con absoluta tranquilidad rozando zonas de mi existencia totalmente sociables como quien recorre las habitaciones del piso que compartes con la amiga de turno. Pero, a medida que la prosa iba avanzando, intentaba entrar en otro tipo de habitaciones de esas que tienes en tu interior y que nunca abres,  por educación o por miedo, no lo sé.  Lo cierto es que hay parcelas en las que una siempre pasa de puntillas sin atreverse ni siquiera a otear por  la mirilla, a sabiendas que encierran lo mejor y lo peor  de una misma. Confundida y un poco acobardada por el rumbo que habían cogido las últimas páginas decidí cerrar el libro y  los ojos.  Pero las palabras siguieron hablando de mí. Y en voz cada vez más alta. Resistí a la ridícula tentación de levantarme a beber un vaso de agua y decidí cambiar de estrategia. No sé por qué se me ocurrió que podría probar odiar a alguien a ver si así  podía desviar la atención.  Pensé en los políticos de mi país, pero no funcionó. Es difícil odiar a quien nunca quisiste. Y aquella conclusión hizo que me acordase de ti. Así que me levanté y me fui hacia el pasillo, oscuro,  a fumarme un cigarrillo. Dejé que aquel libro siguiese hablando de mí y pasé un tiempo estupendo con el hombre que encontré en una de esas habitaciones infranqueables. Levanté los párpados en medio de aquella opacidad nocturna e intenté adivinar que se esconde tras la oscuridad de un mundo tan complejo. Pero al alzar la mirada sólo vi tenebrosidad. Y un espejo que reflejaba un cuerpo lánguido.  Y  fue entonces cuando empecé a plantearme la idea de reconstruir, algún día,  la Sagrada Familia en palillos.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s