Lo que un día no supiste y ahora sabes

Anoche me pasó una cosa extraña. Llegué a casa cargada con unos cuantos vinilos de segunda mano a 5 euros que me había agenciado en mi tienda de discos preferida cuando de repente sonó el teléfono. No el móvil, sino el fijo. Y ya es raro que mi móvil suene. Pero el fijo, y a ciertas horas, es algo inaudito. Descolgué un tanto extrañada. Alguien preguntó por una tal Sara. Le contesté que se había equivocado sin darle mayor relevancia al asunto. Pero algo me inquietó cuando la persona que estaba al otro lado contestó: no, no me he equivocado. Su réplica fue tan contundente que ni me atreví a dar esa clase de respuestas recurrentes que ofrecemos cuando este tipo de cosas pasan, como por ejemplo repetir el número de teléfono pausadamente para hacerle caer en la cuenta de que algún dígito ha sido marcado por error, así que sólo me limité a preguntarle a quién buscaba. El extraño interlocutor me explicó que éste era el teléfono de un antiguo amor, y que después de pasar algunos meses reuniendo el valor para realizar esta llamada, no le valía un “te has equivocado” por respuesta. Está bien –le contesté. Vuelve a llamar otro día, quizá tengas más suerte. Y acto seguido colgó, no sin antes agradecerme mi atención. Quizás piensen que mi respuesta fue totalmente desajustada a la realidad y que sólo contribuyó a alimentar las fantasías de una persona desesperada. Pero, qué quieren que les diga. Aquel “no, no me he equivocado” me pareció tan franco que no me atreví a cuestionarlo. A los pocos minutos volvió a sonar el teléfono. Supuse que se trataba, otra vez, de aquel extraño hombre. Pero no. Se trataba de Salva. Salva es mi ex. Salva es la persona a la que he amado los últimos dos años. Salva es mi amigo, dice él. Y así debería de pensar yo, supongo. Me recordó que habíamos quedado para tomar algo y que me estaba esperando desde hacía 15 minutos, como siempre. Y aquel “como siempre” me recordó aquel momento exacto en el que él no me esperó, y quise decirle “no, te has equivocado” pero supuse que si no lo entendió entonces tampoco lo comprendería ahora. Así que me disculpé y me dirigí velozmente al bar donde solíamos quedar. De camino empecé a pensar en nosotros, los de entonces. Y recordé cuánto nos quisimos. Siguiendo la cronología habitual de este tipo de historias también me vinieron a la mente los días en que nos empezamos a odiar. Inevitablemente, se confundían con los otros, con los del amor. Pero supongo que esto es algo normal cuando hablamos de sentimientos. Y cuando ya estaba a punto de entrar en el bar recordé aquel momento preciso en el que me propuso seguir siendo amigos y yo acepté. Sin que aún hoy logre entender cómo coño pudo insinuar algo así. Pero bueno, después de tantos meses he aprendido a hacer mi papel. Y, por lo que veo, no se me da nada mal, me sigue llamando cada vez que algo se le tuerce. En fin, bendita amistad.

Te tengo que contar algo –me dijo nada más llegar. Espera a que me siente, almenos –le contesté. Y pedí una cerveza que me ayudase a digerir lo que fuera aquello que me quería explicar. Y empezó su discurso diciendo que le había vuelto a pasar (“como conmigo”, y esto es una apreciación mía que él omite pero que yo sobreentiendo). ¿Te acuerdas de María? La dejé hace un par de semanas porque me confesó que se estaba enamorando de otro. Desde aquel momento te juro que empecé a odiarla. Pero no sé qué me pasa. A veces creo que aún la quiero. Pegué un trago a la cerveza y le contesté, bueno, si te sirve de consuelo, creo que de forma inminente voy a volver a fumar. Y, como suele suceder entre nosotros, encajó mal mi respuesta. Y esto provocó otra de esas conversaciones jodidamente surrealistas.

– ¿Me puedes explicar qué coño tiene que ver el tabaco con el amor?

– Bueno, el amor también tiene su nicotina y sus alquitranes.

– ¿Y qué tiene qué ver esto con lo de María?

– No sé, dímelo tú.

– Que te diga qué. Joder, te estoy diciendo que quiero olvidarla.

– ¿Sí? Pues a mí no me parece que sea del todo así. De hecho, yo también me dejé el tabaco y hay días en que me asalta la idea de dar una calada a un cigarrillo. Luego abandono la idea. Supongo que a ti te debe de pasar lo mismo.

– ¿Me estás diciendo que existe el amor a ratos?

– Bueno, hay gente que cree sólo en la familia cuando llega la navidad, o en la política cuando llegan las elecciones.

– Veo que contigo siempre es igual. Sigues en tu empeño de crear esa estúpida telaraña que acaba entrelazando todo.

– Vale, pues llámala. Dile que la quieres y todo eso. Yo qué sé.

– (risas) Tía, no cambias, ¿eh? (y él sigue riendo, y a mí su comentario no me hace ni puta gracia, pero intento que no lo note). Lo haré. Gracias. Eres un poco rara. Pero molas.

Y acto seguido nos reímos los dos. Él desahogado, satisfecho de obtener la respuesta que buscaba. Yo consciente, de lo absurdo de nuestra amistad. Pero por esta vez tuvo el detalle de preguntarme qué tal me iban las cosas a mí. Y por supuesto, no dudé en mentirle diciéndole que todo bien. Pues él sigue siendo de esa clase de personas que prefieren las mentiras agradables a las verdades incómodas.

– ¿Te estás dejando de fumar, en serio?

– En verdad, me estoy dejando progresivamente de todo.

– Ah! Ya… Te entiendo.

– Tú qué vas a entender.

– Bueno, pues explícamelo….

– Pues que veo que todo se nos va escapando. No sé, hay cosas que tenía y ya no tengo. Otras qué ya no sé y un día supe.

– ¿Cómo qué?

– Como tú.

– ¿Y te quitaste de mí como te has quitado del tabaco?

– Sí, pero yo lo hice sin parches ni sustitutivos.

– Me alegro.

– Claro.  ¿Nos vamos?

Y nos fuimos. De camino a casa me acordé de aquel señor del teléfono que luchaba por recuperar lo que era suyo. A pesar de todo. A pesar de que fuera irrecuperable. Y comprendí que era un héroe.

Seguí caminado, compré tabaco en el primer bar que encontré. Encendí un cigarro y empecé a llorar, añorando todas aquellas cosas que un día supe y ahora no sé. Maldecí esas otras que ahora sé y en su día no logré ni imaginar. Mentalmente, hice una lista de todo aquello que había olvidado: los elementos de la tabla periódica, la cronología de los reyes de España, la lista de la compra que mi madre me daba cada sábado…. Pero me atasqué en aquella lista en que aparecían las personas que no me habían querido.

“Aunque los platos pagues
ya no hay quien te devuelva
lo que un día no supiste
y ahora sabes”

Me sobra carnaval. Los Enemigos

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2 Respuestas a “Lo que un día no supiste y ahora sabes

  1. Excelsa visión del heroísmo, según tus palabras. Saludos. 😀

  2. Por suerte aún existen ese tipo de héroes que no esperan ninguna condecoración. Gracias por tu comentario. Saludos!

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