Somos lo que somos, que no es poco.

En mi último cumpleaños, antes de soplar las velas, mis amigos y otros invitados me reclamaron que pidiera un deseo. Y yo, que sigo fiel a mis principios, en particular a ese axioma férreo que me acompaña desde hace unos cuantos años: “Cuidado con lo que deseas, que se puede hacer realidad”, decidí que lo mejor era no pedir nada que algún día se pudiese necesitar. Sin embargo, por no fallar de manera apoteósica a aquellas miradas insistentes que intentaban allanar mi mente en busca de mi deseo más recóndito, decidí desear algo para salir del paso. Descarté, eso sí, cualquier asunto que pudiese defraudarme de manera contundente, es decir, todo aquello que dependiese de otras personas o que tuviese que ver con un mundo mejor.

Así que, una vez desechados unos cuantos anhelos, algunos sueños, y más de una promesa mil veces incumplida, mi mente me sorprendió con un antojo insólito: “Me gustaría saber por qué me gusta escribir”.

Por qué escribo.

Para qué.

Para quién.

Por qué disfruto con estas historias.

Aquel deseo me hizo recordar algunos de los relatos que, antes de ser manuscritos, se habían trazado en mi alma con una clase de tinta difícil de borrar. Algunos eran tristes, otros más bien ficticios. Pero todas eran historias que hablaban de mí, tan reales o irreales como mi vida misma. Hay historias que se han esfumado de mi realidad, pero que siguen intactas en mi memoria.

Dicen los sabios de la mente (nótese la ironía)     que para tener una vida feliz es necesario sincronizar la realidad con la mente. Yo no soy tan pretenciosa, no sabría definir la felicidad, pero sí sé que mis momentos de máxima plenitud se hallan diluidos en mi mente.   

“Me gustaría saber por qué me gusta escribir”.

Seguramente, nunca descifraré este enigma. Jamás sabré el motivo último que me empujó a teclear cada letra de cada relato. Ni siquiera sé si algún día resolveré si esto del blog fue buena idea o no.

La vida no da tregua en su incertidumbre. Me lamento.

Pero al mismo tiempo resuelvo que así está bien. Que de otra manera la vida no sería todo aquello tan asombrosamente irreal que parece sucedernos como si un malentendido hubiese obrado entre nuestros proyectos y lo que nos acaba sucediendo. Una vez leí que el material genético que diferencia al hombre de un gusano no es muy diferente. Al principio, aquella revelación me pareció inconcebible. Con el tiempo, después de conocer a ciertos seres de mi especie, ya no me pareció tan inverosímil. Somos lo que somos y, con todo, así está bien. De hecho,  es casi un milagro. Ahora podríamos estar tejiendo un capullo en lo alto de una morera en vez de estar escribiendo o tomando una cerveza en alguna terraza.

En realidad, lo que quiero decir es que parece que vivimos arraigados a la idea de que todo ha de suceder por algo. Sobretodo, cuando ocurren cosas que no nos gustan. Como si las cosas buenas estuviesen desprovistas de finalidad. Yo no sé si escribo por o para algo. A mí me gustaría creerlo, pero mucho me temo que no es así. O sino que le pregunten al gusano. 

Hace algún tiempo entendí que la proeza más grande que podría llevar a cabo no consistía en escribir una novela o ser una gran saxofonista, sino en limitarme a vivir. Y de algún modo misterioso, desde entonces, todo es diferente.  No sé si me entenderán. Pero desde que no se adónde voy, camino mucho más segura.

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