Insomnio tocacojones segunda parte

Era domingo. Uno de esos días exasperantes en los que nada pasa y, sin embargo, parece que el mundo entero se tambalea bajo tus pies. Si usted está sólo, ya me entiende, es decir,  si no tiene a alguien a su vera con quien compartir horas de tedio frente al televisor, o no pertenece a ningún club que organice eventos absurdos con los que rellenar cada minuto de este maldito día en el que ni el mismo Señor se atrevió a hacer nada más que descansar. Si usted se identifica con cualquiera de las opciones anteriores, no siga leyéndome, porque no entenderá nada. Usted ya es feliz. Siempre y cuando, no se lo pregunte demasiado, claro. Pero si por cualquier motivo cree que no pertenece a esa especie que en su día decidió sacrificar lo que podría haber sido su vida, con sus imperfecciones y sus glorias, en pos de otra vida más o menos previsible, más o menos ficticia, siga leyendo esto que nada le aportará, de eso estoy segura, pero quizá se sienta menos sólo, menos raro en este universo tan infinitamente hostil.

He titulado este relato como Insomnio tocacojones segunda parte. No es baladí. La semana pasada mi cama y yo tuvimos varios desencuentros, algún que otro reproche y más de una palabra fuera de tono. El caso es que yo le recriminaba su poca capacidad para realizar su principal función que no es otra que envolverme en su sueño. Ella, sin embargo, me reprobaba mi excesiva actividad neuronal. Decía que no era de recibo alentarla a conquistar el sueño con tanta desesperanza. Yo le intentaba convencer de que este desasosiego nada tenía que ver  con una apatía premeditada hacia el descanso. Pero la muy zorra, erre que erre:  Si quieres dormir conmigo, relájate. Como si fuera tan fácil, joder. Su particular sermón me recordaba todos esos libros de autoayuda que nunca he leído que se atreven a ordenarte que veas tu vida como algo mejor, aunque para ello recurras a apartarte de las grietas que resquebrajan lo que viene a ser tu propia existencia.

Pues nada, como ustedes imaginarán, no hubo acuerdo entre las dos partes. Y tal y como se está poniendo la justicia, eludí denunciar su ineptitud ante los tribunales por eso de ahorrarme las tasas y un veredicto inequívocamente adverso.  Los insomnes ya hace tiempo que hemos desechado la idea de que nos den la razón, el cuento de David y Goliat pasó una vez. Nunca más volverá a pasar. Nunca jamás lo permitirán.

A pesar de este marcado y concienzudo desencuentro entre mi cama y yo, he de confesarles que en el fondo me sentí un poco mal. Recordé el día en que compré aquella cama. De inmediato, nada más reposarme sobre ella, supe que era la más cómoda de la tienda, pero con el tiempo, descubrí que seguramente era la más confortable de toda la ciudad. Mis amigas pueden dar fe de ello. Y es que una, además de pertenecer a  una especie  soberanamente terca, en el fondo, es una sensiblera totalmente predecible.  Así que acabé por intentar hacer las paces. Al fin y al cabo, la historia está repleta de binomios de amor odio que siguen juntos hasta el final: Caín y Abel, Rómulo y Remo. Imagínense cualquiera de estos seres sin la existencia del otro. No lo hubieran soportado.  Por lo que aparté esos miedos que tanto me angustian, me metí en la cama y cerré los ojos, a ver qué pasaba. Ciertamente, no pasaba nada. Sólo que me seguía  costando conciliar el sueño, así que encendí la luz y miré hacia la mesita buscando el paquete de tabaco que suelo dejar en el estante inferior. No lo encontré.  Pero no me entró ningún ataque de pánico. Recordé mi tregua con mi lecho: nada de alarmas ni  inquietudes.

En medio de un silencio completo empecé a oír algunos ruidos. Miré el reloj. Las 2 de la madrugada. Y yo, que en el fondo soy bastante poriguita y, en ocasiones, exorbitadamente desmesurada, consideré que a aquellas horas los ruidos sólo pueden venir de un sitio: del infierno.  Me sobresalté.  Y aquel canguelo hizo que avivasen otros miedos pasados, que por más tierra que eche, nunca quedan del todo enterrados. Seguí escuchando aquellos ruidos fantasmales durante bastante tiempo, el suficiente como para acordarme hasta del día en que conocí a la misma muerte.  Rápidamente, me di la vuelta  y aplasté mi cara sobre la almohada,  buscando un consuelo absurdo. Un consuelo, al fin y al cabo. Pero la muy falsa de  mi cama había resulto dejarme sola. Otra vez.  En medio de un arrebato  de osadía me levanté y me dirigí hacia el pasillo.  Entre la penumbra,  repetí  varias veces en voz bien alta  “no es real, no eres real”. Pero nadie contestó.  Aquello me hizo comprender que, evidentemente, tratándose de fantasmas, no podían ser reales. Y resolví que, seguramente, era yo quien para justificar mi combatividad con mi cama y, a fin de cuentas, con el mundo,  reproducía aquellos miedos. Y es que  el mundo está lleno de fantasmas. La pregunta es si están fuera o dentro de nuestra cabeza.

A los pocos minutos, escuché un ruido de  llave en  la cerradura del tercer piso. Entendí  el absurdo del asunto y sonreí. Pero lo cierto, es que ya había recuperado mis miedos. Por lo que regresé a mi cama, esta vez, más tranquila.

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