…Y no morir en el intento.

Podría empezar esta historia diciendo algo así como “las campanas de la vieja iglesia del pueblo repicaban alegremente”. Pero la verdad es que nunca he entendido ese calificativo, alegremente. A mí nunca me ha hecho ni puta gracia escuchar ese estruendo cada domingo de resaca, ni aún menos cuando a alguien de este pueblo le daba por morirse. Esos días, como es tradición en esta iglesia, el campanero se encargaba de hacer doblar las campanas a toda leche y hasta el infinito, para que no quedase un ser vivo a kilómetros a la redonda que no se enterase del evento. Porque los entierros eran todo un evento en este pueblo. La gente aprovechaba para verse, criticarse, tomar unas cañas y charlar bien del difunto, fuese quien fuese, lo conociesen o no.

Sonaban las campanas, es cierto, pero no empezaré mi relato así porque odio cada repique de esas putas campanas que he tenido que soportar día tras día desde el momento en que nací, porque ese día, evidentemente, también repicaron. En las localidades más grandes la gente difunde sus noticias locales y efemérides con alguna revistilla local. En mi pueblo no. En su día decidieron que habiendo campanas y esquinas donde pararse a chismorrear, lo de leer una revista no dejaba de ser un esfuerzo innecesario. Así que, teniendo en cuenta que aparte de aquel acompasado ruido no sucedía nada revelador en aquel momento, empezaré mi historia con una obviedad: Eran las dos de la tarde y yo estaba a punto de morir. O almenos, eso pretendía. No era la primera vez que lo intentaba. Pero no sé por qué extraño motivo, cuando por fin lo tenía todo planeado y decidido, algo pasaba que truncaba mi mordaz plan final. Recuerdo una de las veces en que intenté ahorcarme. Dispuse un gancho suficientemente fuerte en el techo de mi casa y de éste, enganché la soga. Me la apreté fuerte al cuello y cuando deslicé la silla que soportaba mis pies, todo el techo de pladur se vino abajo. Al cabo de 5 minutos ya tenía a la vecina de arriba, la policía municipal y medio pueblo en la puerta para averiguar que había pasado. Tuve que inventar que por la noche oía ratas correr por los falsos techos y en un ataque de ansiedad me había dado por reventarlos. ¿Y la soga? Me preguntaron entonces. Pues para las ratas, contesté yo. Y me miraron sin entender nada. O entendiéndolo todo. Con la gente del pueblo, nunca se sabe.

Es cierto que mi vida no era del todo horrible, pero mi mayor problema es que a mí no me lo parecía así, por más que mi hermano y los cuatro amigos que aún tenía trataran muy sesudamente de convencerme de lo contrario. Siempre fui un tipo pesimista, pero desde que mi exmujer me dejó, me cuesta encontrar motivos para seguir respirando. Y miren que es extraño, porque cuando estaba con esa desesperante mujer me pasaba exactamente lo mismo. Aunque entonces era ella la que no me dejaba respirar. Ironías de la vida, que como las campanas, tampoco me hacen ni puta gracia. Así que aquel día, cansado de tanta comedia absurda, decidí llevar a cabo mi cuarto intento de suicidio. Mientras sonaban las dos de la tarde, cogí la botellla de matarratas y la abrí lentamente. Antes de beberla pensé en leer las contraindicaciones, no fuera cosa que en vez de palmarla pudiese quedarme ciego, impotente o alguna desgracia similar. Aún no había acabado de hacer las comprobaciones cuando de repente sonó el timbre. Hice caso omiso, asumiendo ya mi papel de muerto. Y mientras alzaba el frasco y lo acercaba a mi boca volvió a sonar el timbre, esta vez de manera insistente. ¿Pero quién coño será ahora? Dejé el frasco encima de la mesa y me asomé por la ventana para ver quien era. No podía fallar, era ella, mi exmujer. Del susto, dejé ir la ventana tan fuertemente que provoqué la caída de la cortina exterior, por lo que ella se giró y me gritó con su más tierna voz ¡Abre, anormal! Y no es que yo quisiera abrir a esa bruja, pero hace un tiempo que decidí que lo mejor era seguirle la corriente en lo que dijese y evitar así discusiones agotadoras que despertaban todos mis instintos asesinos a la vez. Un minuto después, ya la tenía dando vueltas por mi casa, analizando cada detalle con despectivo cuidado, derrochando ese abismo de voz que cuando arranca no hay manera de hacer callar.

– Gafe está mal. No come y apenas se mueve. Hay que llevarlo al veterinario.

(Gafe era su gato. Según ella, nuestro gato).

-Ese “hay que llevarlo” no me incluirá a mí.

– Exactamente. Yo tengo que llevar a mi madre a la peluquería.

– ¿Tu madre tiene que ir a la peluquería precisamente hoy? Si ni siquiera hay entierro. Que yo sepa no se ha muerto nadie, de momento.

– ¿Qué problema tienes tú con que mi madre vaya a la peluquería?

– Ninguno. Bueno, ya sabes lo que pienso. Es tirar el dinero. La vieja no mejora.

– Por lo que veo tú tampoco. La casa está hecha un asco.

– A eso iba, yo tampoco mejoro y precisamente por eso estaba a punto de suicidarme cuando tú has venido intentando quemarme el timbre. Y no tenía previsto dejar la casa en orden antes de palmarla. Eso lo haces cuando te vas de vacaciones, pero no cuando te vas para no volver.

– Siempre estás igual. Excusas y más excusas para todo. Móntatelo como quieras pero lleva a Gafe al veterinario. Y espabila que cierran a las 3 y por la tarde no abren. Adiós.

Y dicho esto mi exmujer, mi amor, mi enfermedad, mi pasión, mi delirio, mi condena, mi úlcera gástrica, mi nicontigonisinti, cerró la puerta y se largó. Desde luego, había que reconocerle el mérito de entrar y salir de mi vida dejándola aún peor de como la había encontrado. No sólo no me había dejado vivir cuando estaba con ella, sino que ahora se empeñaba en no dejarme morir. Miré al gato languideciendo al lado de la puerta y empecé a pensar. ¡Joder! Me acababa de desbaratar todos los planes. Si no llevaba el mierda de gato al veterinario se me recordaría como a un ser insensible. Ya me imaginaba a la gente de mi entierro abochornada por no llevar al “pobre animal” al veterinario, dejándolo morir en un rincón. Y no es que me importe mucho lo que diga la gente de este cochambroso pueblo ahora, pero muerto es otra cosa. A todos los muertos se les respeta, no iba a ser la puta excepción.

Así que cogí al gato y me lo llevé al veterinario. Le comenté que el animal llevaba días sin comer y estaba bastante apalancado. No sabía más. Después de inspeccionarlo con más atención de la que nunca me ha dedicado a mí un médico, sentenció que el gato estaba bien, quizás un poco deprimido por eso de nuestra separación (otra cosa que odio del pueblo, no hace falta que expliques nada de tu vida, la gente ya lo sabe. Algunos, estoy seguro, incluso antes de que pase), el veterinario me recetó unas pastillas para ayudarle a subir los ánimos, y tiempo. Se recuperará, aseguró. ¿Y si no quiere? ¿Si no quiere recuperarse? pregunté yo. El veterinario levantó sus azules ojos sobre sus gafas y me contestó: Pues se recuperará igual, los gatos tienen 7 vidas. No te preocupes, hombre, que no es tan fácil morirse. Y me quedé con las ganas de contestarle que, precisamente, era eso lo que me preocupaba.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s