Ésta es mi cruz

Cuando era una niña le daba muchas vueltas a eso de la religión. Yo era una cría potencialmente creyente, es decir, me tragaba a pies juntillas todo aquel rollo de que hubo un tal Jesús, bueno de cojones, que murió por todos nosotros. Incluso recuerdo esos días de misa en que cantaba a viva voz todas esas canciones eucarísticas (“señor, yo quiero ser un loco, pero mi locura serás tú), y que aportaba alguna monedilla de mi más que exigua paga dominical en la cesta que pasaban las feligresas y que te estampaban en los mismísimos morros bajo una mirada religiosamente acusadora de la que me era imposible escapar.

Recuerdo que hubieron días en que, de camino a la iglesia, pensaba que si Dios era realmente un ser tan misericordioso comprendería a la perfección que una cría de 8 años no renunciase a su segunda partida del snow en la sala recreativa del pueblo por el hecho de contribuir a una iglesia que, por más monedas que cayeran domingo tras domingo, no dejaba de ser fea de cojones. Pero cuando llegaba el momento crucial y la mirada de la catequista de turno se clavaba en mis asustados ojos de niña pecadora, a la vez que agitaba insistentemente la maldita cesta, una fuerza salvadora se apoderaba de mi mano y acababa abocando esos 5 duros. Así que, dada la cruda realidad, resolví que debía de esforzarme mucho en aquel juego  y conseguir pasarme el máximo de pantallas para sacar partido a esas no tan sagradas 25 pesetas  restantes. Y así fue como empecé a concebir en mis propias carnes la cultura del esfuerzo, mucho antes de que el monguer de Mercadona pusiera su primer producto hacendado a la venta.

Con el tiempo, Jesús me empezó a caer mal. Mi madre no entendía aquella desafección ni aquel despecho con un ser metafísico que según aseguraba ella, no estaba entre nosostros. Insistía en que me podía caer mal un compañero de clase, una profesora o un vecino, pero no Jesús. Yo pensaba que mi madre estaba del todo equivocada, pues había escuchado hasta la saciedad en cada misa y en los años de catecismo que Dios estaba en todas partes.Pero supuse que hacía muchos años que mi madre había comulgado y ya se le habría olvidado aquel detalle bíblico. Así que disculpé a mi madre aquel descuido y abandoné la discusión.

Mi mal rollo con Jesús empezó el día en que en mi clase se elegía a la delegada. Nos presentamos tres personas de las cuales yo era a todas luces la que más creía en el cargo, pues desde pequeña me había ganado el apodo de “abogada de los imposibles” por parte de mis profesoras. Y la verdad, es que hacía honor a aquel dudoso título, pues siempre que había una situación problemática con algún compañero intentaba mediar para que no saliera del todo mal parado. Y sin embargo, el resultado de las votaciones dieron por ganadora a la tía más inútil, incompetente e ineficaz que me hubiesen tirado a la cara. Eso sí, le empezaban a salir las tetas y utilizaba una especie de top que causaba furor entre el género bobo, es decir el masculino, y el género envidioso, el mío.

Aquello me mosqueó porque no casaba con alguna de las ideas de esa doctrina cristiana que yo había abrazado, honestamente. Se abrían varias posibilidades. O

a) Dios no era omnipresente y no estaba allí (con lo cual, mi madre hasta podría tener razón, otra vez)

o

b) Dios no era tan justo como se lo tenía creído (y ya le valía).

o

c) … Estuve pensando largo rato, creánme, pero al final exclamé ¡qué coño, no hay opción c!

Aquello dejaba a Dios en una situación claramente preocupante respecto a mí, una (aún) inocente niña de 8 años que empezaba a cuestionar cada peseta que había puesto en aquella puta cesta y a añorar todas esas partidas que se había perdido en la sala de juegos. Pero supongo que mi relación con Dios terminó el día en que el cura me castigó por llegar tarde a un ensayo de la comunión. Yo tenía como pareja a mi mejor, y podría decir que única, amiga de entonces. Aquel día nos entretuvimos un poco más en el parque y, cuando llegamos a la iglesia, el cura nos castigó, nos separó y nos juntó con otras dos niñas. Su nueva compañera aún molaba, pero la mía era la cutre del top, un tapón que me llegaba por la cintura y que no decía una sola palabra sin que rechinaran mis oídos. Aún nos quedaban dos meses de ensayo antes de la comunión por lo que calculé que aquella cruz era a todas luces imposible de sobrellevar. Así que miré al altar, a aquel rincón donde se alojaba Jesús, y aunque pensé claramente “Vamos, Jesús , no me jodas” simplemente le miré a sus ojos de madera tallada pintados al óleo y musité dos palabras: Ten piedad. Pero el muy cabrón no la tuvo. Y fue entonces cuando me cercioné de que al tal Jesús ni estaba ni se le esperaba. Y así fue, como a partir de ese día, me aficioné también al tetris.

El resto de mi infancia lo pasé con un vacío espiritual y existencial que me hizo pasar, según decían, por una niña un poco rara. Lo primero que hice fue apuntarme a ética para no volver a oir hablar de aquel farsante. Pero mi rabia no dejaba de crecer cada vez que veía a mis compañeros coger sus libros para ir a la clase de religión, así que empecé a hacer pintadas en la pizarra de aquella clase: “Jesús es mentira” “Jesús no es tu amigo. Y mejor.” Y cosas así. Formaba parte de mi plan de venganza personal. Hasta que un día me pillaron y me obligaron a hacer las paces. Aunque, a decir verdad, nunca jamás he estado en paz con él.

En mis años de instituto las cosas cambiaron. Todo me pareció mucho más inquietante: la historia, la literatura, la filosofía… Empecé a descubrir un mundo muy diferente al de Jesús. Y mucho más interesante, por cierto. Y lección tras lección, empecé a conocer una realidad que traspasaba las fronteras de mi cochambroso pueblo en el que nunca jamás pasaba nada revelador. Hice nuevas amistades con las que debatíamos sobre las causas de las guerras mundiales, analizábamos las novelas de Unamuno, vivíamos el esperpento de Valle-Inclán, disértabamos sobre el mito de la caverna de Platón, admirábamos los cuadros de Caspar David Friedrich… Y todo aquello me condujo a adoptar una nueva “religión” con la que comprender la existencia humana en esta Tierra: la política. Al principio parecía fácil:  se trataba de ser de izquierdas o de derechas. Y yo lo tenía claro. Pero con el tiempo, las cosas empezaron a a ser más complejas. Y más confusas. Una se había labrado su propia ideología, sin militancias. Y aquello acabó siendo un grave problema para una sociedad que no te sabía encasillar. A pesar de todo, yo seguí creyendo en la política en mayúsculas, independientemente de mi sentimiento de orfandad hacia cualquier partido. Pero es inevitable que, visto lo visto hasta ahora, me haya pasado como con Jesús. O

a) la política no está presente en los gobiernos de estas ciudades

o

b) la política no es justa.

He de reconocer que durante años, y hasta hace bien poco, he estado convencida de que ésta era la mejor forma de gobernar las ciudades. Hubieron tiempos mejores, supongo. Pero hoy en día, me encuentro como aquella niña de 8 años que miraba a aquel crucifijo en el altar y, cerrando los ojos, susurraba aquello de “ten piedad”. Con la diferencia de que ahora me siento atrapada en mi propio dogma: el escepticismo, y en éste no hay esperanza ni milagros que valgan. Todo se desdibuja, otra vez, como quien ha vivido un espejismo. Y las convicciones se desploman, otra vez, lentamente. Como acaba desvaneciéndose todo en la vida. Y en definitiva, y por mucho que repita aquello que gritaba desgarrado César Vallejo “España, aparta de mí éste cáliz”. Ésta es mi cruz.

“…si la madre  España cae -digo, es un decir-  salid, niños del mundo;                id a buscarla!… ”

César Vallejo.

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3 Respuestas a “Ésta es mi cruz

  1. Muy bueno Bego…

    Yo dejé de creer en Jotacé aquel día en el que un eminente (y glotón) párroco de pueblo, decidió que las mil pelas que un servidor había encontrado en la puerta de la Iglesia, debían de revertir en beneficio de la oficina consular que el Altísimo tenía en …. (sí, ya sabes, ese mismo poblacho que enmarca tus recuerdos de infancia). Imagínate de cuantas partidas al Duble Buble me privó el jodío. También te digo otra cosa, había que estar jilipollas y medio para hacerle caso al gordobufa… El caso es que desde entonces odio a Dios… ¡y a Miquel de Fartana! Cumplo mi penitencia de rodillas y acepto mi culpa… alambrados sean (ambos).

  2. Al párroco glotón al cual haces mención cabría exhortarle a pronunciar aquello de Penitenciágite! por todos aquellos placeres terrenales y recreativos de los que nos privó injustamente en nuestra más tierna infancia. Aunque, para ser justos (y algo misericordiosos), también es cierto que debemos agradecerle el mérito de haber sido un ser tan mezquino, pues eso nos ayudó a librarnos del peso de aquella cruz a una edad aún temprana.
    Un honor ver a un pecador como usted por estos caminos torcidos.

  3. Tu literatura convierte «una cruz» en la más notable de las diatribas de vida, superando estigmas y provocando admirablemente a la conciencia desde el pasado.

    Saludos. 😀

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