Vacaciones

10 de la noche. Maleta hecha. Repaso mentalmente cada objeto, cada prenda de ropa y el calzado. Creo que está todo. De hecho, siempre lo creo, luego nunca es así. Aunque aquello que principalmente me falta, allá donde vaya, desbordaría mi cochambrosa maleta. Me llama mi amiga, nerviosa, porque le falta espacio en su maleta. La tranquilizo asegurándole que en la mía sobra, así que puede meter alguna cosilla: esos zapatos que no tiene manera de hacer entrar, por ejemplo. Cómo estás tú, me pregunta. Bien, le respondo. Es lo que siempre contesto cuando no estoy bien, pero tampoco sé qué decir. Cuelgo. Me pregunto cómo estoy. Me asusto. Hoy no me quiero estrellar. Voy a por una cerveza y pongo la música bien alta. A veces funciona. A veces.

Llamo a mis padres. Llamo a mi abuela. Pienso en llamarlo a él. Pero no sé si estará. De hecho, nunca sé si está. Y como siempre, descarto llamarle. Al fin y al cabo, siempre hablamos de banalidades que nada tienen que ver con lo que realmente quiero decirle. Aun así, persiste la necesidad imperiosa de hablar con él. Miro a mi alrededor buscando cualquier memez en que distraer mi atención. Observo que me queda poco tabaco. Esta noche va a ser larga, intuyo. Así que salgo de casa y me dirijo al bar de enfrente. En el ascensor me encuentro con mi vecino. Me mira raro. Siempre lo ha hecho. Aunque hoy fija su atención en mis pies. Me doy cuenta que llevo las pantuflas que me regaló mi abuela. Dos piezas dignas del museo del frikismo: dos gatos rosas (¿?), orejas puntiagudas y colas incluidas. Una tiene escrito “miau” i la otra “mi gata”. Al principio, me sobresalto de mi propio aspecto. Pero en cuestión de segundos me sonrío al ver reflejado en las pupilas de mi vecino su veredicto final: tengo una vecina chiflada. Esto me va a ahorrar multitud de conversaciones absurdas de buena vecina en los próximos meses. Un alivio, oiga.

Llego al bar. La china me conecta la máquina de tabaco, como de costumbre. Es decir, sin responder a mi saludo y sin mirarme a la puta cara. No la juzgo por ello. No sé qué haría yo en su lugar. Es decir, en el lugar de una mujer que pasa más de 12 horas diarias en la barra de un bar aguantando todo tipo de personajes. Dejando pasar lo que podría ser su propia vida. Me pregunto si eso, nuestra propia vida, aún nos pertenece. No tengo respuesta. Y eso que hablo. Demasiado. Aunque no siempre. Sólo cuando lo que realmente quiero decir se atranca en mis cuerdas vocales, y entonces necesito compulsivamente decir cualquier gilipollez. Me jode no tener respuesta para las preguntas que realmente importan. Así que vuelvo a buscar cualquier distracción a mis pensamientos. Miro el periódico. Rajoy anuncia más recortes. Me rindo. Todo es una puta mierda. Me dan ganas hasta de abrazar a la china. Pero ya tengo bastante con parecer una loca en mi comunidad.

Ya en casa, abro otra cerveza. Es el único alcohol que mi médico aún no me ha prohibido. Seguramente, porque desconoce las cuantiosas cantidades que consumo. Qué más da. Ni a mí ni a él nos importa en el fondo. Esta conclusión me devuelve a mi espiral de pensamientos kafkianos y de enigmas irresolubles. ¿Hay algo que importe? Joder, pues sí. Importa que mañana estaré volando a un país lejano con unas amigas que me quieren hasta más allá de donde yo podría comprender. Importa, que a pesar de todo, y de que tú ya no estés, sigo sin rendirme. Importa, que tú, al otro lado, estés leyendo este relato. Aunque sea una puta mierda. (Lo siento, debería haberlo avisado al principio. A la próxima).

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2 Respuestas a “Vacaciones

  1. Importa nena, i tant que importa… 😉

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