Arañazos

Marta pasaba las vacaciones en una casa abandonada del bosque. Abandonada antes de que llegase ella, claro. Lo cierto es que nunca había pensado vivir en aquel lugar, ni tan siquiera hubiese imaginado la existencia de aquel rincón olvidado hasta que, un día, la casualidad hizo que llegase hasta allí.  Todo empezó la mañana del 30 de junio, el último día de curro en su último nuevo colegio. Eran las 2 de la tarde. En el hall, sus compañeros brindaban con cava. Todos conversaban afablemente, algunos soltaban estruendosas carcajadas. El más joven de todos ponía música, si es que al disco del verano de turno se le puede calificar así. Misteriosamente, y salvando todos los precedentes de discusiones, críticas por la espalda y puteamientos de todo el año, parecía que aquel grupo de individuos se llevaban realmente bien. Cualquiera diría que celebraban algo, pero Marta no entendía demasiado bien el qué. No es que le entusiasmase su trabajo, pero almenos allí podía pasar 8 horas diarias sin hacerse demasiadas preguntas incontestables. Aquel ambiente no evitaba que Marta se sintiese triste y preocupada. Se preguntaba si a partir de ahora sería capaz de dormir por las noches sin un aliciente por el que despertar. Sospechaba que en breve volverían aquellas noches de insomnio, aquellos días de desasosiego. No. Definitivamente aquello no era un motivo para brindar. Así que cogió su mochila, y sin despedirse de nadie, salió de aquel lugar al que ya no pertenecía.

Marta no había pensado aún qué hacer en sus vacaciones. Hasta ese momento no le había preocupado lo más mínimo. Pero ahora sólo sentía la necesidad de huir a cualquier lugar. Llegó a casa, vació su mochila de libros y los cambió por algunas prendas de ropa y su neceser. Se dirigió al aeropuerto dispuesta a coger el primer avión con plazas libres con destino nacional. Su sueldo tampoco le llegaba para más. Tuvo suerte en encontrar la que sería quizá la única empleada amable de Ryanair que no escatimó sonrisas y amabilidad en indicarle cual sería su destino. El próximo avión partía a Galicia. Un lugar muy bonito y con muchos sitios que visitar, según aseguraba la susodicha empleada. Aunque, esta vez, Marta pensó que no era del todo sincera porque seguramente repetiría la misma frase y con el mismo entusiasmo a todos los viajeros que se acercaran a su mostrador, independientemente de cual fuera su destino. 

A las 10 de la noche llegó a Santiago de Compostela. La oficina de información turística estaba cerrada así que decidió dormir en un banco del aeropuerto y esperar a que abrieran a la mañana siguiente. No consiguió dormir más de dos horas, pero pudo engañarse a sí misma aduciendo que era debido a la incomodidad del lugar y al ajetreo del ir y venir de gente. A las 9 ya estaba frente al mostrador leyendo uno de los folletos turísticos. En las últimas páginas vio una pequeña foto de un bosque. De repente se imaginó adentrándose en las entrañas de la naturaleza y aquello le provocó una sonrisa fantasiosa. Era su turno. Quiero ir aquí, le dijo al chico que se asomaba por la ventanilla, mientras señalaba aquella pequeña foto. No es un lugar nada turístico, le aseguró éste, y aquella apreciación hizo que confirmase su intuición. Había un autobús que salía desde el mismo aeropuerto y la dejaba cerca, solo tenía que andar unos cuantos kilómetros, pero no había ningún guía. Genial, pensó ella. Y se dirigió hacia la parada del autobús. Mientras esperaba empezó a dudar de su decisión. Quizá en aquel bosque había animales salvajes, zorros por ejemplo, que podían hacerle daño. En cualquier caso, pensó que si había podido sobrevivir a la especie urbana durante todo este tiempo, aquella otra tampoco debía de preocuparle demasiado. El sol de mediodía caía sobre la tierra sin piedad. Marta nunca se había interesado demasiado por la ciencia, pero en esos momentos le hubiese gustado saber cuántos grados más hacían falta para que todo empezase a arder. Seguro que no eran demasiados. Quizá algún día, pensó. Y encendió un cigarrillo, por eso de contribuir al calentamiento global.

Durante el viaje, Marta aprovechó para escribir unas postales a su madre. Hacía un año que no hablaban, desde que sucedió aquello. Pero ella se había comprometido a escribirle una postal allá donde estuviese a cambio de que su madre nunca le contestase. El conductor del autobús anunció su parada. Cogió su mochila y bajó. Nadie más lo hizo. Se encontraba en una vieja carretera. Detrás de ella, se adivinaba un pequeño pueblo rural con sus estrechas callejuelas y pequeñas casas de piedra. En el horizonte, el viento hacía mover las hojas de los árboles del camino que, inconfundiblemente, le conduciría hasta el bosque. Se colocó el sombrero de paja y empezó a andar. Al cabo de una hora ya se sentía inmersa entre la densidad de los árboles. En medio de aquel armonioso silencio, sólo interrumpido por el cantar de algunos animales y por el murmullo de las hojas sacudidas por el viento, escuchó un alegre fluir de agua acompasado por pequeños chasquidos entre las rocas. Se acordó de que su cantimplora estaba casi vacía, así que se desvió buscando aquel río. Unos metros después, lo encontró. Y cerca de allí, vio una casa. Se acercó. Estaba abierta. No había nadie. Entró. La casa tenía algunos muebles antiguos y estaba un poco sucia. Le pareció un lugar encantador. Decidió quedarse.

Pasaban los días y cada mañana Marta daba grandes paseos por el bosque. Por la tarde bajaba al pueblo a comprar algunos víveres y pan. En una de sus idas y venidas al pueblo encontró un gato. No era muy bonito, se le veía asustadizo y hambriento así que le dio una lata de atún que llevaba en la bolsa. Seguramente, el gato interpretó aquel gesto como un acto de amor fraternal y nunca más se separó de ella. Ahora eran dos en la casa. Marta no tenía claro si aquello iba a funcionar, pero lo dejó quedarse. Al principio, su nuevo compañero se limitaba a merodear por la casa sin causar demasiadas molestias. La seguía a todas partes y, de vez en cuando, se refregaba por su pierna emitiendo melosos maullidos. Pero en pocos días empezó a coger confianza y a hacer travesuras. Arañaba los sofás, saltaba a la mesa donde Marta preparaba su comida y en cuanto se descuidaba huía raudo con alguna loncha de jamón o un trozo de salchicha. Marta pensó en varias ocasiones en reñirle, pero sabía que aquello era absurdo. Nunca había entendido a esas personas que hablaban con los animales como si les pudiesen entender. Ni siquiera entendía a quienes lo hacían con las personas. Un día, el gato apareció sangrando por la boca. Marta se asustó. Lo curó mientras intentaba adivinar como se habría hecho esos cortes en el hocico. No le costó demasiado resolver el misterio al ver el cubo de basura volcado y, entre los desperdicios, una lata de atún con su tapa cortante manchada de sangre. Sintió lástima por él y, en ese momento cayó en la cuenta de que ni siquiera tenía un nombre. Decidió llamarle Gafe. Aquel trance hizo que Marta y Gafe se unieran más. Empezaron a hacer más cosas juntos. Gafe la acompañaba por las tardes al pueblo y, por las mañanas, mientras Marta paseaba por el bosque, intentaba hacer menos travesuras por la casa. Aunque no siempre lo conseguía. Marta un día se sorprendió a sí misma cuando se vio pensando en Gafe como en un amigo. No porque Gafe fuese un gato. Eso no importaba. Sino porque hacía mucho tiempo que no pensaba en nadie así.

Una mañana como cualquier otra, Marta salió de casa hacia el bosque y Gafe la siguió. En su momento le hizo gracia que aquel animal tan poriguita se animase a acompañarla. Gafe parecía realmente feliz, trepaba por los árboles, cazaba algunos bichitos y correteaba de aquí para allá saltando entre el follaje. Marta reía al verle tan feliz y, contagiada por aquel extraño sentimiento, empezó también a corretear y a jugar a esconderse entre los árboles. Aquella mañana acabó tan cansada que decidió echarse una cabezadita a la sombra de un hermoso pino. Cuando se despertó, Gafe no estaba allí. Pensó que habría vuelto a casa, pero lo cierto es que nunca más lo volvió a ver.

Aquella noche no pudo dormir. Daba vueltas y vueltas intentando imaginar qué habría sido de Gafe. De pronto, llegó a una conclusión que le convenció. Seguramente Gafe conoció a otros animalitos con los que corretear. Habría descubierto las posibilidades del bosque y había decidido quedarse allí, sin ser demasiado consciente de sus peligros. Al fin y al cabo, era solo un gato. Pero hasta para un gato, su propia vida había resultado realmente aburrida.

Amaneció un día lluvioso, el primero del verano. Pensó que Gafe ahora estaría asustado, mojándose en algún rincón de aquel bosque, y sonrió convencida de que había acertado en ponerle aquel estúpido nombre. Aquel día se quedó en casa a  contemplar la lluvia desde la ventana. Pensó que podía aprovechar la lluvia para limpiar su mochila. Al vaciarla encontró la postal que le había escrito a su madre. Había olvidado enviarla. La leyó otra vez y empezó a llorar. Sabía que debería de haberse despedido con algo así como “Besos, te quiere tu hija.” Pero era incapaz. No porque no la quisiera. Sino porque quererla le hacía tanto daño que prefería no escribirlo. Miró en su agenda y empezó a escribir la dirección del trabajo de su madre. Nunca le enviaba las postales a casa para evitar que las encontrase aquel demonio que tenía como padre. De repente, pensó que había pasado mucho tiempo y quizá su madre ya no trabajaba allí. Tanto tiempo que incluso podría no estar con él. Pero no iba a hacer nada por averiguarlo. Hay cosas que no se deben olvidar. Aunque duelan. Marta estaba marcada, nunca mejor dicho, por la última paliza que le propinó su padre. Aunque juraría que la pérdida de visión del ojo izquierdo y  aquellos sangrientos arañazos que desfiguraron sus piernas mientras intentaba huir de aquel horror no le marcaban tanto como aquel silencio de su madre.     

Mientras se limpiaba las lágrimas se acordó de Gafe y lo echó un poco de menos. Escribió la dirección en la postal y fue a tumbarse al sofá. Contempló que sus telas conservaban todos sus arañazos y eso le hizo sentir aún más triste. Pensó en coger una sábana y taparlos. Pero no lo hizo, como tampoco había hecho con aquellos otros por motivos bien diferentes. Esta vez pensó que si los tapaba,  llegaría el día en que quizá olvidase que hubo un tiempo en que no estuvo sola.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s