Donde solía gritar

Da el último trago a la tercera cerveza. Comprueba que la botella queda vacía, tan vacía como ella. No va a ser menos que una puta botella, piensa. Coge el bolso y abandona su rincón preferido del bar. Oye un adiós al otro lado de la barra. Y no sabe que otras cosas. No contesta. El camarero aún no ha entendido que si se sienta siempre ahí es para que nadie la moleste. Sale del bar. Sin prisas. Sin nada más que cinco euros en el bolsillo. No le llega para el taxi. Decide caminar e intentar, esta vez, no arrastrarse demasiado de camino a casa. Mira el reloj. Lleva justo una hora preguntándose por qué él no acude, ni llama, ni hace nada de lo que hacen las personas normales cuando no acuden a una cita o lo que sea eso que ellos tienen cuando se ven. Ya en la calle le asalta la ocurrencia de que con cinco euros puede comprar hasta cinco cervezas a algún paki. Se siente levemente afortunada. Cambia el rumbo. Y se dirige a la plaza del barrio. ¿Cerveza fría? Sí, cinco. Cinco euros. Paga. Oye una voz que le resulta familiar. Oye su voz. Escucha también otra voz. No te gires, se ordena. No lo consigue. Los ve. Abrazados. En un banco.

La noche se vuelve cerrada y traicionera. Esta no era la noche que ella quería, se lamenta. Pero no hay otra. Siente los murmullos de la gente que parlotea en la plaza como gruñidos de otra especie. Mira al cielo en busca de otro mundo. Pero también allí los astros tiemblan. La luna, siempre misteriosa, proyecta su luz blanca, dejando entrever una senda de sombras. Y ella lo ve, entonces. Ve alejarse su sombra entre las sombras. Camina y bebe. No quiere pensar, pero no puede evitar que le invadan todas esas voces en su maldita cabeza. Las mismas voces que le atormentan escupiendo cosas horribles cada vez que a él le da por hacerle daño. Esta noche no. Decide que ya no más. Así que cuando las oye, grita. Son las 2 de la mañana. Y ella grita. Hasta que llega a casa. Allí continúa bebiendo. Lo hará hasta el final. Hasta quedarse dormida, quizá sobre su propio vómito. Eso es lo de menos. Las voces no cesan. Y van bien armadas. Descarta gritar a esas horas en su propia casa. Pone el disco azul de Weezer y lo canta entero repetidas veces. Hasta que se queda dormida.

Suena el teléfono. Su cabeza está a punto de estallar. No le importa. Anoche lo consiguió. Consiguió no pensar más en ellos dos. Romper aquel perverso juego de jugar a adivinar. Descuelga. Es él. Que si comen juntos. Ella responde que sí. Y cuelga.

Rehace el mismo camino de la noche anterior. Pero ya no lo recuerda. O no le parece el mismo. Le suele pasar. Llega a su casa. Abre. Se desprende un olor que le es familiar. Espaguetis a la carbonara, su plato preferido. Él le da un beso. Ella lo recibe, sin más. Él se gira hacia los fogones. Está nervioso, inquieto. Ella lo nota. Sabe que él va a mentirle. Cuando le pregunte, le dirá que se quedó dormido en el sofá. No es la primera vez que le pasa. Colará. Lo que ella no sabe es que a él le gustaría explicarle la verdad. Pero cualquier aproximación a la versión original desataría las dudas, los celos. Encendería la mecha de un combate hostil en el que no quería entrar. Ella es capaz de ganarlo. A veces siente rabia de que sea tan inteligente. Ella y él. Él y ella. Todo demasiado rápido para alguien de sentir lento. Está contento. La quiere. Hoy sabe que sólo la quiere a ella y que la querrá siempre. Después de tanto tiempo, ya no hay nadie más en su corazón. Ahora lo tiene claro. Aquel otro amor quedó enterrado en ese banco, para siempre.

Los espaguetis están listos. Los ha preparado con mucho cariño. Le han quedado realmente bien. Ella permanece callada. Observa. Todo a su alrededor está demasiado ordenado. No lo entiende. Él no es así. Nada es así. A él le extraña que tarde tanto en preguntar. Pero al fin lo hace. Silencio. Duda. Sabe que nunca la ha engañado. Pero no se siente preparado para abrir un debate discerniendo los matices y grados existentes entre mentira y engaño. Le miente, una vez más. Y se jura que esta vez será la última. Él la besa, tiernamente. Le pregunta si tiene hambre. Ella niega con la cabeza y empieza a desnudarle. Follan. La penetra con más fuerza que nunca. A ella le gusta, porque claro, él aún le gusta. Él se corre primero. Ella se pregunta en ese momento en cuál estará pensando, si en ella o en aquella otra que ama. La duda hace que le baje la libido. Le cuesta llegar al orgasmo, pero le deja creer que ha sido él que se ha corrido demasiado rápido. Finalmente se corre. Acaban. Ella tiene la cara sobre la almohada. Llora. Él se va al baño.

Ella se viste rápido. Hoy mejor no ducharse, se permite el capricho de conservarlo un tiempo más, aunque sea a través de su piel. Él vuelve con una sonrisa. Limpio, vaciado. Le ofrece un café. Ella se sonríe. Tú no tomas café. A partir de hoy sí, esta mañana he comprado una cafetera. Ella suelta una carcajada. Ha ganado la batalla justo cuando ya no hay guerra. Toman ese café. Y ella se va. Y no vuelve a verlo nunca más.

Él aún la llama, a veces. Cada vez menos. Ella nunca contesta. Esas noches se vuelven cerradas y traicioneras. Ella vuelve a aquella plaza. Y grita.


 
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