Carta a mi hijo

Creo que nunca te he explicado esta historia. Han pasado tantos años de aquello que uno ya se siente más cerca de final del camino que de cualquier otro lugar. Desde entonces han pasado muchas cosas, es cierto. Uno intenta seguir el curso de la vida, dejarse llevar por el alienante devenir de los días. Procura realizar todas aquellas cosas que un hombre debe de hacer antes de pasar al otro lado de la historia, al rincón olvidado del mundo. Al final, uno pretende hacer de su propia vida un lugar tranquilo, cuando entiende que se ha quedado sin destino.

Puedo decir que he contado en la travesía con algún que otro amigo y un buen empleo en el que desperdiciar honradamente más de media vida. También tuve una mujer. Ella me quiso. Hubo días en que yo también la quise. Formamos un hogar, no exento de discordia, sufrimiento, infidelidades y algunas que otras alegrías. Un hogar como cualquier otro, al fin y al cabo. Y hubo momentos, dios sabe que los hubo, en que creímos haberlo conseguido. Aunque aquella ilusión de felicidad durase bien poco. Tuvimos un hijo, te tuvimos a ti. Intentamos proveerte de todas aquellas cosas que la vida ya se encargaría de hacerte huérfano: amor, seguridad, esperanza. También procuramos darte una buena formación que te hiciese valerte por ti mismo el día en que este mundo tan frágil te dejase sólo, a tu suerte.  Elegiste medicina, no nos extrañó. Desde pequeño profanabas la idea de corregir los errores que la naturaleza disponía en los cuerpos, de salvar aquellas vidas que se iban antes de tiempo.  Todo fue bien, se podría decir. Aunque mucho antes de que tú nacieras, mi vida ya no fue mi vida. Fue otra cosa.

Nunca podrás entender lo que pasó ente tu madre y yo. Ella ya no te lo puede explicar, y yo no he sabido acumular suficiente sabiduría en todos estos años como para intentar expresar a mi propio hijo como el destino, a veces, se equivoca. Sé que ahora pensarás que soy el mismo cretino que no supo hacer feliz a tu madre. Te conozco, no hay reproches. Tú sabes mucho de medicina, de ciencia. Pero la vida es otra cosa. ¿Recuerdas aquel verano en que se incendió el monte que se veía desde nuestra cabaña? Tú llorabas y no había quien te consolase. Eras sólo un niño. Con los años, la hierba, los árboles, todo volvió a crecer. Con las personas no pasa igual. Es más difícil.

Al año de conocer a tu madre, tuve que partir a un país que días antes no hubiese adivinado situar en el mapa. Aquel año, la coalición internacional nos reclutó para librar una guerra que ninguno de nosotros había elegido. Dejamos familia, amigos, sueños y partimos a una misión pacificadora que se anunciaba breve. Nadie imaginó en aquel momento que partíamos a una guerra despiadada que borraría cualquier rastro de fe en la humanidad que antes se hubiese sembrado.  Aprendimos a matar, a olvidar, a sobrevivir. Nos reclutaron en un lugar sombrío del mundo en el que la vida no tenía valor. Al principio, todo consistía en restar a la espera de algún ataque exterior. Pero, a medida que el conflicto entre los poderosos iba avanzando, tuvimos que pisar el territorio de aquellos seres a los que llamaban enemigos. Y usurparles, poco a poco, de todo cuanto tenían. Al principio de sus tierras, después de sus casas. Finalmente de todo lo demás, incluida su dignidad. Para aquel entonces las cartas ya no llegaban. Mi vida pasó a ser un lejano recuerdo de una promesa incumplida, de un letargo aciago. Un eterno contar los minutos, esperando la muerte.

Fue entonces y en aquel lugar donde conocí a Muna. Desde el mismo momento en que la vi, sentí que mi destino siempre estaría iluminado por aquellos ojos, tan verdes como la hierba que aún crecía en aquellas montañas.  No es que hubiese olvidado a tu madre y al hijo que llevaba en cinta. Pero la guerra hace de los hombres seres solitarios, abandonados, perecederos. Cuando vives con los días contados, el horror va erosionado cada resquicio de vida, y lo va borrando todo como si nunca hubiese existido. Y con el tiempo logras aceptar que quizá el mañana ya no exista.

Muna  era una joven que vivía en el poblado donde teníamos instalada nuestra base. Pertenecía a los cuerpos voluntarios de una ong local. No tenía nada más, toda su familia había muerto por los bombardeos. Y a juzgar por la palidez de su mirada, juraría que ella también. Se encargaba de traernos comida y noticias del devenir de aquella guerra. Las noticias nunca eran buenas así que pronto aprendimos a no tener esperanza. Yo tampoco tenía esperanzas de regresar.

Recuerdo aquella noche del 17 de enero. Estábamos jugando una partida de cartas, bebiendo uno de aquellos impronunciables licores que conseguían mantener nuestra cabeza lejos de aquel horrible conflicto. Reíamos ebrios y ajenos a  la operación Tormenta del Desierto que acababa de empezar y ya se estaba cobrando las primeras vidas. Nuestro capitán llegó a la caserna y gritó: ¡Ha llegado la hora de ser valientes! Todos nos miramos, asustados. Y aquél fue el último instante en que pudimos reconocernos. Nunca jamás volveríamos a ser los mismos.  Segundos más tarde, salimos dispuestos a morir. Y a matar. En nombre de no se sabía qué.

Pasaban los días y las noches en aquella trinchera, aunque no lográsemos distinguirlos demasiado bien. El cielo siempre tenía el mismo color fantasma. Una mezcla de destellos anaranjados y grises pintados por las bombas que no cesaban. Día a día, veíamos caer a nuestros amigos. Y en aquellos momentos de desgarrado dolor, todos deseábamos, en el fondo, correr pronto la misma suerte. Hasta que un día, una bomba enemiga cayó cerca de mí. Estaba solo, cerca del río. Vi mi sangre derramarse violentamente por mi pierna izquierda. Cerré los ojos, convencido de que iba a morir. Y empecé a rezar, resignado, a un Dios más bondadoso, más humano de aquél que había  conocido.  Horas más tarde, quizá días, quién sabe, esperando la muerte había perdido la noción del tiempo, apareció Muna. Y me sacó de aquel final seguro. Me llevó hasta su campamento y allí pasé el resto de mis días de guerra recuperándome. Y amándola.

4 meses más tarde,  la mañana del 6 de abril, se declaró el cese de fuego permanente y, tres días después, regresábamos a casa. Éramos héroes en una tierra que nos había condenado a muerte. Llegaron los homenajes, las mentiras. Nos trataron como marionetas, como si hubiésemos protagonizado la gran obra de teatro de un país y ahora estuviésemos dispuestos a ser usados y manejados por sus tramoyistas.  Muchos de mis compañeros no soportaron aquello y acabaron suicidándose. Yo aguanté, por ti y por tu madre, pero sobretodo por ti. Cómo no iba a  luchar por un crío de 3 años que tenía toda su vida por delante y  llevaba mi sangre, aquella sangre de cuando aún estaba vivo.

El resto de la historia ya la sabes. No hace falta que te la explique. Pero me gustaría que creyeras que  mi único deseo fue que fueras feliz, aunque en la mayoría de ocasiones no supiese cómo hacerlo. La semana pasada me diagnosticaste un cáncer de páncreas. Recuerdo tu mirada hundida mientras me explicabas que era de los más letales, pero que me podías operar, que había esperanza.  Reconocí aquel precipicio en lo más hondo de tus pupilas, aquella antesala a la muerte. Y aquel abismo hizo que me acordase de Muna. No tuve miedo de saber que iba a morir. Pero entendí, que no podía hacerlo lejos de ella,  la mujer que me salvó de aquella otra muerte tan lenta.

Con esta carta, hijo mío, sólo me atrevo a decirte que te quiero, y que no me busques. Porque no me operaré. Sé que no lo entenderás. Pero sólo deseo regresar a aquel lugar donde ya perecí una vez. Y volver a hacerlo, feliz. Esta vez, para siempre.

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