Reír, por no llorar

Mi abuela, la que aún vive, la que de seguir así nos enterrará a toda la familia, me ha repetido desde que era pequeña que hay que ser fuerte, que las cosas malas que me pasasen en la vida me tenían que servir para curtirme la piel, porque de lo contrario el miedo, un día, podría invadir mi cuerpo, centímetro a centímetro, hasta asfixiar mi vida. Desde que era una cría he sido un poco hipocondríaca, así que por si acaso, cada vez que he pasado una mala experiencia he tejido una nueva capa de piel que ocultara la que yo era antes, y así sucesivamente. Sin embargo, siempre he creído que en las oscuras salas de cine nada malo me podía pasar, y por eso cada vez que voy a ver una película noto como todas esas capas de piel se van desprendiendo hasta llegar a la primera, la de la inocencia. Y supongo que por eso disfruto del cine como una niña.

Anoche conocí a un tipo optimista. Fue a la salida de un viejo cine que hay en mi barrio.  Había ido a ver “El viaje a Armenia”, una película del cineasta francés Guédiguian. Como es habitual en una tía de apariencia fría e imperturbable como yo, salía de la sala con los ojos empañados. Y es que, como ya he explicado anteriormente,  el cine es el único escenario donde me puedo permitir mostrarme frágil, vulnerable. La realidad no deja escenarios para ello. Pero como decía, el chico optimista en cuestión, al ver como la emoción inundaba mis ojos al salir de la sala, me preguntó si yo era armenia. Le contesté que no, que simplemente me había emocionado la historia. Él sonrió y declaró que la vida estaba llena de magia. Inmediatamente le interrumpí para puntualizarle: la vida no, el cine. Aquella apreciación desató en mi interlocutor un estudiado discurso con la intención de hacerme cambiar de opinión. Supongo que hubo un momento en que pude haber huido de aquel absurdo, pero cuando lo pensé ya me sabía atrapada en aquella conversación. Así que le propuse seguir discutiendo el asunto mientras tomábamos una cerveza.

Nos dirigimos a la primera terraza que encontramos, y después de hacer las respectivas presentaciones, afirmó: la gente es maravillosa, sólo que no lo sabe. Inmediatamente, busqué con la mirada a la camarera, necesitaba urgentemente un trago para digerir aquellas palabras. Pero la tía tardaba en venir, así que me quedé mirándole sin poder decir nada. Continuó explicándome que todo pasaba por algo, que nada estaba dispuesto al azar y que sólo, con el tiempo, éramos capaces de entender el fin de las cosas. Automáticamente, pensé que si aquello era cierto, a mí me costaría mucho tiempo entender el fin de aquella jodida conversación. Pero la camarera no llegaba, y a mí se me estaban acumulando en la garganta demasiadas estupideces que me impedían articular palabra. Mira, me dijo, ha hecho falta una crisis para que aparezcan movimientos como el 15M que despierten el sentimiento solidario de la gente. Lo que podríamos considerar un infortunio, no es más que un reto de superación personal. Ahora hay más pobreza económica, pero hemos ganado en humanidad, y eso sólo se verá con el tiempo. “Dios aprieta pero no ahoga” pensé cuando vi llegar a la camarera con mi cerveza y su café con leche. Después de dar un buen trago, le contesté que por suerte habían algunas pocas personas maravillosas que ensombrecían la aplastante multitud de gilipollas con los que nos encontramos cada día, y que sí, que lo del 15M estaba muy bien, pero que si realmente fuéramos seres solidarios no permitiríamos que hubiesen personas durmiendo en un cajero, ni vecinos rebuscando en contenedores de basura, ni banqueros expulsando a nuestros amigos de sus casas, ni gobiernos desahuciándonos de futuro. Abrió los ojos de par en par, dio un sorbo a su café y sin perder la compostura me preguntó si había leído algún cuento de Bucay. Claro, mentí. Y siguió defendiendo desde su lejana nebulosa optimista cosas imposibles que, inevitablemente, me hicieron desconectar de la conversación. Y mientras seguía vomitando su patético manifiesto, me volví a acordar de mi abuela. Era viernes y no la había llamado. Y es que los viernes era el día en que comíamos juntas cuando aún vivíamos en la misma ciudad. Ella tenía el detalle de coleccionar noticias impactantes y desagradables durante toda la semana y explicármelas mientras comíamos. A mí se me atragantaba su fabuloso bistec a medida que iba escuchando su crónica negra semanal, pero nunca le he dicho nada. A esas edades, los ejercicios de memoria son necesarios para prevenir el alzheimer. Y, sinceramente, no me apetecía nada que esta enfermedad terrible acechara también a mi abuela materna. Recordé que una vez me anunció que cada día morían atropelladas 10 personas. Y yo, que siempre he tenido la enfermiza manía de desgranar las sutilezas del lenguaje, saqué una conclusión: vete con cuidado con quién te cruzas o morirás atropellada. Desde hacía un buen rato sentía las palabras de mi dialogante compañero de mesa como las ruedas de un trailer que circulaba tranquilamente por mi resignada paciencia. Pero supongo que mi serenidad se tambaleó cuando, cambiando de tercio, me dijo: Además, no te podrás quejar, eres una chica muy guapa y simpática, seguro que tienes a muchos chicos detrás de ti. Y en ese momento me volví a acordar de él, y eso me jodió. Noté arder aquella gruesa capa de piel que tejí aquel día en que comprendí que, la persona a la que estaba decidida a querer, había decidido no quererme a mí. Al notar mi prolongado silencio mi particular charlatán se acercó a mí, me clavó su mirada optimista y me susurró: se te nota que has sufrido, pero no tienes porque seguir sufriendo más. Lo sé, le contesté y ya cansada de aquel viaje al optimismo más barato, añadí: pero tranquilo, esta noche me leeré tres cuentos seguidos de Bucay y me sentiré mejor. Apuré la cerveza y le dije que se había hecho tarde y me tenía que ir. Me pidió el teléfono y pensé que ni aún en el peor ataque de optimismo cabría la posibilidad de volverle a ver. Pero le contesté que me diera el suyo y ya le llamaría.

Me dirigí a la barra, pagué la cuenta del optimismo y del optimista y me largué a casa. Por el camino, empecé a cavilar qué valor podía tener una vida tan fingida. Supuse que había personas que sacrificaban tener una vida genuina por seguir respirando en una vida plácida. Y, sin dejar de darle vueltas, me pregunté si acaso mi vida de mierda no dejaba de ser una vida de mierda verdadera. Y aquella idea hizo que rompiese a reír, por no llorar.

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