Lo que no se ve

(@Ella)

Aparecías y desaparecías de la pantalla insinuando un provocador guiño de quién invita a jugar al escondite con las palabras.  Desafiando las normas del juego, de la inmediatez, dejabas pasar los minutos antes de dibujar en mi pantalla cualquier palabra que incitase una respuesta con la que seguir trazando esa espiral que acababa siendo este juego entre nosotros. Es cierto que también podía pensar que tuvieses problemas de conexión con tu nuevo adsl, ese que te malinstalaron la semana pasada y pierde señal cada vez que llueve. Pero nada de eso. Llovía, es cierto, pero estoy segura que aquel detalle no era el que hacía zarandear los hilos de nuestra historia.

(@Él)

Como cada tarde, al llegar a esas cuatro paredes que envolvían aquella nada a la que llaman casa, después de otro aburrido, desganado e interminable día de curro, me desprendo de la chaqueta que me abriga del frío que a las siete de la mañana suele hacer en esta maldita ciudad. Es un frío caprichoso, gratuito, a toda vista injustificado si tenemos en cuenta el calor que un par de  horas después impregna tu piel. Miro a mi alrededor. Afortunadamente, todo está en orden. Ni rastro del cenicero lleno de colillas, ni de la botella de whisky, ni la caja con restos de pizza. Sólo los libros porque María ya sabe que es la única cosa que bajo ningún concepto debe tocar. Es la única condición que puse antes de firmar el contrato que le adjudicaba la misión de mantener mi casa limpia cada día. Miento. Había otra condición: que jamás nos conociéramos. No soportaría ver el rostro de la persona que no ha tenido mejor oportunidad en su vida que limpiar mi mierda.  Así, tal cual, lo establecí con la empleada de la ETT, y así se lo comunicó ella.

Abro una cerveza, enciendo un cigarrillo y conecto mi ordenador. Mi última novela no tiene ningún sentido pero sigo empeñado en continuar escribiendo gilipolleces que, almenos, me hagan desconectar de mi deplorable vida. Aún no he acabado mi cigarrillo cuando se abre una ventana en la pantalla. Es ella.

(@Ella)

Nunca pensé que el destino pudiese ser tan caprichoso. Desde pequeña he imaginado como sería conocer al amor de mi vida. Hay tantas versiones que representan ese momento que, ordenadas una detrás de otro, sería capaz de hacer un largometraje lleno de escenas apasionantes, en paraísos románticos y con banda sonora incluida, específica para cada escenario. No es que nunca haya conocido a nadie, pero de todas las personas con las que he estado no ha habido ninguna por la que haya llegado a sentir esa clase de convicción que un día te asalta, ese tipo de certeza que sólo se presenta una vez en la vida. Y sin embargo, quién me iba a decir a mí, mujer terrenal, racional e incrédula de todo aquello que no sea tangible, que el amor se iba a presentar a través de una ventana en la pantalla de mi ordenador.

Hoy ha tardado un poco más en conectarse, pero la espera ha merecido la pena. Me cuenta lo de siempre, que su día ha sido un asco. Yo le pregunto si ahora está mejor. Mucho, mucho mejor –me responde. Y entonces siento una suave brisa que acaricia cada centímetro de mi cuerpo, imagino que afuera todo florece salvajemente, de repente, y que los pétalos que veo desde mi ventana vuelan hasta su alcoba impregnándola del perfume inconfundible  que despierta este nuevo amor.  

(@Él)

Nunca he entendido porque accedí a entrar en aquella página de contactos. Fue el día de mi 40 cumpleaños. Mis amigos me soltaban el rollo de siempre: que estaba encerrado en mi mundo, que allá fuera había vida y que estaba perdiendo mi tiempo. Yo les rebatía con los mismos argumentos de los últimos cinco años: que no me interesaba nada de lo que sucedía ahí fuera y que, además, el mundo no me estaba esperando precisamente con los brazos abiertos.”Creo que nadie habrá preparado una gran fiesta de bienvenida en algunos de esos bares que jamás he pisado y que según vosotros, debería visitar”. Ya –decían, pero alguna vez tendrás que conocer alguna mujer, o como mínimo follar, tío! Porque claro, era evidente que yo jamás me iba a follar una prostituta, porque no soportaría ver el rostro de una mujer que no ha tenido mejor oportunidad en su vida que aliviar mis calentones, a base de mamadas y revolcones tarificados. Simplemente, me corroería permanecer un solo segundo tan exponencialmente por encima de otro ser humano. Así que ese día me abrieron una cuenta en una página de contactos. Tuvieron el detalle de poner una foto de esas que apareces con algún paisaje espectacular de fondo y que, por la distancia y la pose, tu rostro apenas se adivina. Me encasillaron en una categoría con el peculiar nombre de “intelectuales”, según ellos para evitar malentendidos y conversaciones jodidamente absurdas. Un día entré y tuve la sensación de adentrarme en las profundidades de una selva llena de subcriaturas acechando por todas partes en forma de mensajes sugerentes, de fotos indecentes rubricadas con un número de teléfono, de ventanas que se abrían y cerraban sin criterio alguno. Nunca conseguí encontrar a alguien con quien iniciar una conversación medianamente interesante.  Hasta que apareció ella y sin saber cómo, las horas se llenaron de conversaciones fluidas en las que no se derramaba una sola palabra que no reluciese en la soledad de mis noches, cada vez menos oscuras.

Aquella noche, lo tenía decidido, la iba a invitar a cenar. Deseaba conocer a la misteriosa dama con la que, desde hacía 3 meses, compartía los mejores momentos de su vida. Anhelaba abrazar aquella posibilidad, la única, que la vida le había ofrecido para cambiar, en un giro de 180 grados, su propio destino, que no era otro que el de estar solo. 

(@Ella)

Se cambió de ropa más de diez veces. Con ningún conjunto se veía bien. Aquel misterioso y encantador hombre por fin le había invitado a cenar y temía no parecerle lo suficientemente sexy, elegante o discreta. Tenía pánico de no gustarle en persona como lo había hecho a través de sus palabras.  Tampoco conocía a nadie a quien pedir consejo. Desde que llegó del Perú su vida se limitaba a trabajar y hablar con él por las noches.

A las diez en punto llegó al lugar de la cita. La puerta del ayuntamiento de Valencia no era un lugar demasiado discreto para encontrarse. Lo pensó después, cuando llegó y vio a varias personas que habían llegado hasta allí con una historia seguramente similar a la suya. Se notaba que ni ella ni él tenían experiencia en esto. Había imaginado muchas veces como sería él. No le importaban los detalles de su fisionomía. Se preguntaba si sería el hombre amable, generoso, detallista que había proyectado. Si sentiría esa certeza absoluta nada más verle.

Minutos más tarde vio algo que hizo que todo se tambalease. De ninguna de las maneras el destino le podía estar gastando esa mala pasada. Debía ser una extraña coincidencia… Pero no. ¿Eres María? Le preguntó ese rostro al que cada día quitaba el polvo de las fotos. El guarro de su jefe, ese racista, clasista y vete a saber que más cosas que ni siquiera se había dignado a mirarle nunca a la cara, porque seguramente se sentía superior a ella por ser extranjera o por trabajar en la limpieza, o quizá simplemente por ser mujer. A saber. “Es un intelectual, un escritor, y no quiere tener ningún contacto con el servicio” le habían dicho en la ETT. ¿Eres María? Le volvió a preguntar, pensando que ella no lo había oído.  Ella tragó saliva y mojó un poco sus labios que se habían quedado secos, y no sin antes relamer el sabor de otro fracaso, quizá ya el último, le contestó “No, lo siento pero se equivoca”.

(@Él)

Pasaron los minutos, las horas. Permaneció inmóvil durante no se sabe cuánto tiempo. Al principio esperando, pacientemente. Más tarde, suplicando que no se desvaneciese aquella ilusión. No podía evitar seguir con la mirada a todas las mujeres que pasaban, por si aparecía ella. No recuerda si se cansó de buscar o llegó un momento en que ya no pasaba nadie. Pero en el instante en que vio los primeros rayos de luz anaranjar el cielo renunció a soñar hasta qué punto exacto del universo hubiera sido capaz de quererla. Estaba abatido y no comprendía nada. Dio media vuelta y vio una pareja de jóvenes, abrazándose, besándose, corriendo por las calles. Radiando insultante juventud por todos sus poros. Eran inmortales, y no lo sabían. Se lo hubiese dicho, pero seguramente no lo hubiesen entendido y le habrían tomado por un loco. Y lo más gracioso de todo es que no se hubiesen equivocado. De repente, le vino a la memoria aquel recuerdo, aquel pánico que un día sintió al observar en los ojos de su última novia que ya no la hacía feliz. Y no pudo evitar sentirse un poco aliviado de que ella no hubiese aparecido. Y eso le bastó para continuar respirando, masticando con firmeza la certeza de que el amor era una puta mentira.

Ella@

Llegó a casa con los pies y las manos agotadas tras haber recorrido los maltrechos caminos de la soledad. Se quitó el vestido y al mirarlo pensó que era verdaderamente horrible, que ni siquiera eso lo había elegido bien. Se miró al espejo. El maquillaje no disimulaba su tristeza. Y eso la hizo parecer aún más triste.

No entendía nada. Y trató de soportar la aplastante idea de que quizás, a pesar de todo, no debió de haber huido horas antes. Nunca sabría si había hecho bien, si había evitado un nuevo desastre o, por el contrario, el miedo le había hecho renunciar a vivir la posibilidad de una convicción tan ilógica como real.

Se sirvió un whisky con hielo. Se permitió sentirse un poco más desgraciada aquella noche. Dejó que su mirada se perdiese en el infinito y prometió, que nunca más, volvería a intentar ver lo que no se ve.

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