Tormentas de verano

Y después de la tormenta salió el sol. Pero ya no era verano, ni estábamos allí, ni aquella tierra era ya un lugar seguro.

Amaneció como un caluroso día de verano normal, es decir, como cualquier otro día en el que caminar sobre el polvo que levantan las pisadas de otros caminantes, ajenos al camino maltrecho. Y quizás por eso mismo, porque era un día como lo podría haber sido cualquier otro, su aparición adquirió una dimensión reveladora. Lo recuerdo perfectamente. La tarde en que ella llegó me sorprendí tanto.

– ¡Vaya! Hace más de un año que no nos vemos, ¿no?

–  Mucho más. Realmente, mucho más. Pero he vuelto.  

– ¿Te quedarás?

– Un tiempo, ya sabes cómo va esto. Pero ahora llévame a pasear por tu ciudad.

Y empezamos a andar juntas, en la misma dirección, y a contarnos todas esas cosas que habíamos vivido la una sin la otra. Estuvimos horas y horas hablando, riendo, bailando, corriendo entre los coches; sin atrevernos a mencionar el miedo que una vez nos  separó. Realmente tenía razón, habíamos estado sin vernos muchísimo más tiempo del que recordaba. Pero tenía la certeza de que nos seguíamos queriendo, como dos desconocidas que en el fondo,  sienten que se conocen de toda la vida. Lo cierto es que estaba guapísima, como siempre, un poco más alta quizá. No sé, en verdad nunca he sido buena en esto de calcular las alturas.  Lo cierto es que una tarde, mientras caminábamos por la ciudad, ella de repente me cogió de la mano tan fuertemente que, por momentos, me hizo perder el equilibrio. Se quedó parada en medio de la acera, mirando algo que yo no había percibido. ¿Qué has visto? -le pregunté. Pero ella no respondía, simplemente mantenía la mirada perdida en algún punto del universo, y yo la miraba sin entender nada. Y así permanecimos un largo rato las dos, esperando que algo sucediese. De pronto se agachó y como de la nada sacó una caja con un lazo rojo, perfectamente entrelazado. Juraría que aquella caja no había estado antes allí, pero claro, no podía discutir sobre la existencia de algo que ella ya tenía entre sus propias manos. Lo cierto es que mientras observaba aquella caja me preguntaba cómo yo no la había visto antes, pues ahora que la veía más de cerca, podría asegurar que era lo bastante grande como para no haberme percatado de su presencia. Y aquel lazo rojo… ¡Dios! Brillaba tanto. Fuese como fuese, aquello que ella había encontrado era algo realmente nuevo, hermoso, que no esperaba para nada, y me pareció que la vida nos había dado una sorpresa realmente buena. Ella me miró con sus ojos de niña que a mí me hacen retorcer hasta el último centímetro de mi intestino delgado, y con esa maldita dulzura, que rezuma hasta cuando ingenia las peores de las fechorías.

–         Deberías abrirla tú porque lleva tu nombre, bueno, lleva la B.

–          ¡Ni hablar! Es tuyo, tú lo has encontrado. A mí no me líes.

–         Yo lo encontré, es cierto. Pero lleva tu nombre, quizás alguien quiso que lo encontrase para ti.

 Nos quedamos un rato pensando, sin decir nada.

–         Está bien. Quizás la abra.

Ella dibujó  una sonrisa pícara y, con un movimiento rápido proyectó la caja hacia mí. La cogí al vuelo, y pensé que aquella niña un día me iba a matar a sustos.

En el cielo se empezaban a dibujar unos nubarrones grises, anunciando tormenta. Pensé que podía llevarme la caja a casa y abrirla en cualquier otro momento, con más tranquilidad. De hecho, empezaba a pensar que estaba siendo bastante inconsciente dejándome llevar por los caprichitos de esa niña. ¿Y si aquella caja contenía algún artilugio peligroso, como una bomba universal o algo así?

–         ¡Vamos! ¡Ábrelo, ábrelo, ábrelo!

Y al mirarla reconocí aquel entusiasmo y recordé los días en que gritábamos juntas aquellas mismas palabras bajo el árbol de navidad, rodeadas de paquetes aún por abrir. En aquellos tiempos éramos inseparables. Con los años, determinadas putadas de la vida hicieron que nos separáramos. Recordé aquellos fantasmas y, por primera vez, los vi alejarse. Y eso me hizo sentir victoriosa, vencedora de mil batallas. Así que me dije: ¿Por qué no?

 Al principio, abrí aquella caja poco a poco, por miedo a dañarla con mis uñas o con un mal gesto provocado por el ímpetu de mi impaciencia. Después, a medida que lo iba despojando de aquel papel tan bonito ajustaba la mirada para poder fijarme más en los detalles, pues siempre me había parecido más excitante ir adivinando el todo a partir de los detalles que a la inversa. Finalmente, la abrí y encontré algo que me pareció tan precioso que me causó un temblor, como esos escalofríos que sientes cuando un día caluroso de verano alguien bromea rozando tu espalda con un helado o una lata fría. No pude reprimir el impulso y me lancé a cogerlo con mis manos, para comprobar que era real y no fruto de mi imaginación, ni una mala pasada de mi memoria. Y en esos instantes sentí que era feliz, aunque desconociese los motivos. No importaban. Y con la emoción, ni siquiera me percaté de que aquel brillante lazo rojo se alzaba, revoloteando en un remolino de aire, alejándose en una espiral casi perfecta.

No sé cuánto tiempo pasé contemplando aquel regalo, ni lo sabré. Porque de pronto, unas finas gotas empezaron a descender por mi frente y en cuestión de segundos la lluvia empezó a arreciar.  En medio de la tormenta levanté la vista buscándola, para cogerle la mano y guarecernos del chaparrón. Pero ya no la vi. Me levanté, corrí pedida de un lugar a otro de la calle, la busqué en las tiendas de juguetes, en los bares del barrio. Pero nada. Había desaparecido igual que apareció, así sin más. Otra vez.

Sabía que solo podía resignarme así que unos días después, es cierto,  ya no la buscaba. Pero de alguna manera prometí, con todas mis fuerzas, esperarla. De vez en cuando preguntaba, por si alguien la hubiese visto. Y así fue, como un señor del barrio me dijo que la vio por última vez en un parque, de noche, corriendo detrás de un lazo rojo, intentando atraparlo. Bueno, aquello me tranquilizó, almenos sabía que no le había pasado nada grave e irreparable. En cierta forma, me sentía responsable. Ella era solo una niña, no debería dejarla correr a sus anchas con la de peligros que hay hoy en día en la ciudad.

Llegó una noche, después de muchas otras, en que cerré los ojos y la imaginé corriendo, terca y empecinada en atrapar aquel lazo.   Estaba convencida de que no lo conseguiría, y por eso le hubiese dicho que al fin y al cabo, ya no importaba que volviese sin él, que ni siquiera yo pude salvar un pedacito de aquel regalo que encontramos; no pude evitar que se lo llevara la lluvia. Le diría muchas cosas para que volviese. Pero la conozco, ninguna de mis palabras podría hacerle torcer ni un ápice su determinación. Sé que reaparecerá, un día, cuando sus piernas, agotadas, caigan de rodillas sobre el ardiente asfalto y admita, entre dientes, que no puede volver con aquel resplandeciente lazo rojo. Y no la culpo por ello. Incluso en mi recuerdo aquel lazo sigue resultando cegador.

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Una respuesta a “Tormentas de verano

  1. Sin duda… es mi prefe!!! me encanta

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