Delirios cotidianos

Esta tarde he visitado a mi psicoanalista. Esta misma mañana he pedido cita urgente tras confundir a mi  jefa con mi perro, un Fox Terrier con manchas negras que mi último fracaso dejó después de largarse con un infeliz que desde hacía un par de meses la hacía más feliz que yo. En fin, no es que yo amara a ese perro maleducado y maricón, pero también es cierto que el hecho de amarla a ella no había resultado mejor coartada para desencadenar un final feliz.  Recuerdo que el día en que nos abandonó, nos quedamos los dos mirando desde el alféizar de la puerta como nuestra, hasta entonces, ama y guardiana resolvía 5 años de convivencia con un beso en el aire, lanzado desde el descapotable del susodicho infeliz. En aquel momento mi perro y yo nos miramos, pero ninguno de los dos dijimos nada. Y en ese instante me sentí más cerca de él que de cualquier otro ser de la Tierra. Me pareció de una crueldad excesiva desahuciarlo también de su maltrecho hogar. Y entendí que era parte del absurdo que permaneciéramos juntos.

Mi psicoanalista cree que no he superado aquella pérdida, que de hecho me quedé su perro por un impulso freudiano de conservarla, de crear una resistencia que censurara aquel trauma en forma de autodefensa. Anda muy equivocado. Como en casi todo. Pero si sigo yendo a él es porque cumple su objetivo: escucha mis neuras sin interrupciones y me replica cosas que a mí me resultan divertidas. El otro día, por ejemplo, le explicaba que mientras trabajaba en mi sórdido despacho de seguros bancarios tuve la sensación de que mis manos se desprendían de mi cuerpo y escribían mis pensamientos sobre aquellas cosas y personas que me rodeaban. Recuerdo que encima de mi ordenador aparecía la palabra mierda, que en mis compañeros se trazaban adjetivos como capullo, comepollas, anormal, fantasma, y en letras mayúsculas pude ver desdibujada a mi jefa bajo el rótulo HIJA DE LA GRANDÍSIMA PUTA. Pero no todo era tan miserable. Recuerdo que en las ventanas se escribían versos preciosos, fragmentos de obras magistrales que alguna vez había leído, emocionado. Mi psicoanalista escuchó todo aquella con atención, como sólo puede hacerlo una persona que factura por ello, y una vez hube acabado mi épica, balbuceó algo parecido a que lo que mi mano representaba era el libre albedrío de mis más profundos deseos, que en el fondo no era otro que el de ser escritor, y que por ese motivo odiaba mi trabajo y todo lo relacionado con éste. Le pagué y me fui sin decirle que en su frente se había rubricado la palabra farsante. Si algo he aprendido en esta vida es que lo normal es que pretendamos ser lo que no podemos.

Hoy,  cuando he llegado a su consulta, he decidido obviar todas las paranoias de la última semana que tenía pensado comentarle y le he explicado que a eso de media mañana, mientras masticaba con desgana mi bocadillo de queso, le he  lanzado la punta a mi jefa, convencido de que se trataba de mi perro. Sólo he sido consciente de mi turbación cuando ésta me ha gritado “Oliete, a mi despacho”. Y lo cierto es que me ha costado reaccionar porque, de entrada, no tienen una voz muy diferente, pero claro, ella es más felina.  Lo siguiente no tiene importancia, el discurso de siempre, ya se lo sabe de memoria. Que si soy un fracasado, que si suerte de que soy hijo de quien soy y que sabe que no tengo donde caerme muerto y, bueno, que tampoco hago mal mi trabajo y, en fin, que siente lástima por mí. Ah! Y sobretodo, que siga yendo a mi psicoanalista. Que para algo lo paga la mutua.

Hoy mi psicoanalista ha permanecido más tiempo callado de lo normal, por un momento he pensado que se había quedado sin palabras… Pero claro, eso nunca pasa en las personas que no tienen nada nuevo e interesante que decir. A los pocos minutos, ya tenía su sentencia a mi desvarío mental: Tú no tienes remedio, no puedes ver las cosas tal cual son. Pero traerte de vuelta a tu realidad quizá sea aún más temerario, de momento. Los días que confundas a tu jefa con tu perro, vete a su despacho y ponle un buen cliente que comer. Que ella ya acudirá.

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