El último adiós.

Suele pasar. Las mejores historias tienen un final triste. Y digo triste porque cuando el final llega, inexorable, no te asalta ningún sentimiento parecido a la rabia, ni a la injusticia. Ni siquiera sientes la necesidad de echar cuentas y sopesar que pusiste de más o de menos en aquella balanza. En el fondo, sabes que nunca perseguiste el equilibrio. Solo alcanzas a relamer el amargo sabor de la derrota, la desquebrajante sensación de fracaso. Te sientes partida en dos, y no eres capaz de adivinar cuál de las dos partes será la que olvidará y cuál será la que echará de menos eternamente. Todo duele. Pero te resignas. Simplemente.

Hace días que pienso en el próximo destino y me prometo llegar, pase lo que pase. Ya no hay tregua. He estado comprobando, minuciosamente, el estado del motor, el funcionamiento de la dirección asistida. Ni idea de qué más habría de mirar. He llenado el depósito de gasolina. Tengo en mis manos el mapa con la ruta exacta a ninguna parte y he anotado ciertos errores previsibles en los márgenes. Es domingo. El día perfecto para que nada suceda y, sin embargo, todo cambie.

Doy la última calada al cigarrillo. Afuera hace un calor de mil demonios a pesar de ser un día cualquiera de marzo. Siento frío. Pienso en encender otro cigarro pero me doy cuenta que no tiene sentido postergar más la partida. Arranco el motor y su estruendo resuena al unísono en mis entrañas. Derramo las primeras lágrimas, pero las seco, inmediatamente. No quiero que se mezclen con las otras, con esas que me acompañan cada día y nada ni nadie pueden secar. Miro el mapa, el viaje parece sencillo. Se trata, al fin y al cabo, de recorrer unos cuantos kilómetros de recuerdos, de fijar la vista en algún punto lejano del horizonte, poner la música a todo volumen y silenciar así mis pensamientos. Siguiendo estos consejos, llegar será cuestión de tiempo. Almenos, eso me repito. Hay quien piensa que con este coche no puedo ir a ninguna parte. Pero qué saben ellos.

Últimamente pienso en mi viejo Escort. Es un modelo antiguo y está un poco destartalado, pero misteriosamente siempre me he sentido segura con él y, por ese motivo, he descartado en varias ocasiones la oportunidad de cambiarlo por otro más nuevo, más elegante y con más prestaciones. No creo que ninguna de estas cualidades sean las que determinen mi deseo de querer conducir con él, como se suele decir, hasta el fin del mundo. Es curioso. Ahora pienso que me pasa lo mismo contigo. O me pasó. Aún no me acostumbro a hablar en pasado. Mis sentimientos hacia ti aún son confusos. Creo que te quise.

Lo cierto es que llevo tiempo sin apretar el acelerador y, según dicen los que entienden, eso no es nada bueno para el motor. El coche se mal acostumbra a una velocidad y luego, cuando lo necesitas, no hay manera de que adelante. Estos últimos meses, he transitado demasiadas carreteras secundarias. Y claro, aquí no se puede correr. Pero el viaje es tan agradable por estos caminos;  atraviesas diferentes pueblos, te cruzas con sus gentes, te acompaña la vida. Me gusta la sensación que produce ver el paisaje sucediéndose, a cada segundo, y que por momentos cualquier destino parezca posible. Ahora recuerdo tu vieja cabaña y las noches que pasamos allí. No era un lugar muy acogedor. Sin embargo, me pareció que aquellas cuatro paredes envolvían un espacio nuevo, diferente a cualquier otro que hubiese visto antes. No sé en qué momento decidí que era un buen lugar para llevarme todas mis cosas. El viajero es un ser extraño, demasiado romántico. Parece llevar tatuado en su piel el sueño de abordar una isla, de gritar ¡tierra! en un destino. Y así llegó mi último naufragio. Hubo mucho ruido, pero al final todo quedó en un brusco frenazo, algunos cristales rotos y otros tantos arañazos. Nada que mi viejo cadillac no haya podido sobrellevar. Es más fuerte que yo. Los coches viejos, definitivamente, están infravalorados.

Miro la hora en el reloj del coche. Las 17:17. Odio los relojes, pero conservo esa tonta manía de mirar la hora en momentos importantes, cruciales. Y el tiempo se detiene en tu vieja calle. Quizá sea la última vez, aunque preferiría no saberlo para que no doliese tanto. No sé muy bien qué hago aquí. Quizás este desastre de vida también sea consecuencia de mi mala orientación. A fin de cuentas, las calles de esta ciudad no son lo único que me hacen sentir perdida. Me veo en laberintos mucho peores. Y en éstos, no hay indicaciones, ni atajos, ni señales luminosas. Éstos, son caminos profundamente oscuros, descuidados de la mano de un dios que ya no reina en ninguna parte. Lo cierto es que aún no sé dónde apearé tantas ilusiones, aquella horrible certeza que creció tan huérfana de padre… Suena un claxon que me devuelve al mundo exterior. El semáforo está en verde. No queda tiempo para nada más. Adiós.

Cojo el volante con firmeza y recorro los primeros metros que me separarán de ti. Reparo en que el retrovisor es mucho más pequeño que las lunas que nos permiten ver el camino, el maldito nuevo destino. Y sin embargo, todo lo que deseo vivir se desdibuja en ese pequeño cristal. No quiero, pero sigo. No puedo, pero empiezo a olvidar. Aunque sé que éste, será el más largo y tortuoso de los caminos.

Aún no he sido capaz de releer el guión de nuestra breve historia. Me gustaría conocer tu versión para poder maldecir aquel momento en que todo se estropeó. De momento, me tambaleo en la incertidumbre de lo que podría haber sido el amor. Los sueños son la última de las llamas que se apagan cuando muere una ilusión. Deben ser cosas del cerebro. Habrá que preguntarle a Punset.

Supongo que ahora debería dejar en la guantera las postales que recuerdan los buenos momentos de esta última travesía, pero decido no hacerlo aún. Cuando estemos lejos, nadie hablará de nosotros y eso me produce una infinita tristeza. Necesito conservar algo que me ayude a olvidarte como se olvidan las cosas importantes. A medias. Hay quien dice que eso no es sano, que me destrozará. Y no puedo evitar reírme.

Van pasando los días. Hay momentos en que el coche hace algunos ruidos raros, sobretodo en esos días en que vienen esas cuestas tan duras de subir, en que el recuerdo sigue resultando tan cegador que deslumbra el horizonte. Esos días avanzo poco, pero no me detengo. No sé cuántos kilómetros llevo, ni cuándo llegaré a la autopista. Y juraría que el único miedo que me asalta cuando observo el cuentakilómetros se cuantifica en esos números que me van alejando más y más de ti. La posibilidad de llegar a ese punto de no retorno me produce escalofríos. Quizás porque sé, que una vez allí, aceleraré hasta más allá de lo posible. Me alejaré. Y no miraré por el retrovisor por miedo a haberme pasado la salida. Porque no la hay. Ni la habrá en mucho tiempo. Y quizá sea mejor así. Qué sé yo. Qué sabe nadie.

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