OTRA MAÑANA

Coger aire y no soltarlo. Y no soltarlo. Sentir como las sienes empiezan a hincharse hasta provocar ese zumbido en el cerebro. Un zumbido al principio leve, inofensivo. Sentir por segundos que necesitas aire. Y aun así, no soltarlo. Aguantar, y no soltarlo. Permanecer inerte en ese estado de asfixia sólo hasta llegar a sentir que hay cosas más importantes que tú. Y entonces respirar, y sólo en ese instante aliviarme del ahogo que me sigue provocando tu ausencia. Mirar de reojo los dígitos carmesíes del despertador al otro lado de la cama vacía. Calcular en minutos las horas que te separan de un mañana que ya ha empezado hoy.

Escuchar el despertador. Mirarlo con la frialdad de quién hace horas que lo contempla, de quién ha llegado antes y no se sorprende de su presencia. Preguntarte por qué te acostaste tan tarde. Por qué tantas cervezas. Por qué este maldito insomnio acechante de pesadillas. Recordar algo que me recuerda a ti. Recordarte en el olvido. Dudar, si consistirá eso en recordarte u olvidarte. Miedo más a lo primero que a lo segundo. O quizá todo lo contrario.

Levantarse de la cama y rastrear la luz en la pared. Sentir el frío del tabique en los dedos. Temblar repentina y repetidamente al rozar el marco de tu foto. Maldecir que aún estés ahí. Que el diablo no te haya llevado bien lejos. Encender la luz y contemplar como todo sigue igual de apagado en tu pequeña habitación. Imaginar que quizá allá fuera el sol se encargue de iluminar algún instante de este día. Y que entonces brillarás, como una estrella fugaz, que ha perdido su trayectoria.

Reandar como cada mañana tus pasos cansados. Arrastrarte hasta la cocina, hasta el baño, y otra vez al dormitorio hasta revolcarte desnuda en lo más profundo de tus entrañas. Contemplar que todo allí continúa igual. Que sigues siendo el mismo ser despreciable incapaz de decir lo siento, de decir te amo, de decir nada que merezca la pena ser recordado. Escuchar ladrar al perro del vecino y envidiar su lenguaje, su instinto, su especie. Preguntarte dónde están los de la tuya. En qué momento y a qué recóndito lugar se fueron. Y por qué nadie te invitó a ir.

Abrir el armario y decidir ponerte la misma ropa que ayer, aún mal dispuesta sobre la silla. Vestirte lentamente y contemplar como tu piel se va escondiendo de un mundo que ya no habita, que ya ni siquiera añora, del que hace tanto tiempo  fue expulsada. Sacudirse el polvo, los restos de ceniza de la noche anterior e intentar inútilmente librarse de la tristeza que impregna cada fibra de sus tejidos 100% algodón. Mirarte entonces frente al espejo. Y no ver nada. No ver a nadie.

Bajar al bar de enfrente a tomar tu café matutino. Repetir las mismas frases. Escuchar las mismas respuestas. Desear que el camarero almenos hoy se equivoque y quiebre esta implacable e insoportable rutina. Temer, por un momento, que él no desee lo mismo, y no ansíe escuchar la misma respuesta a su idéntica pregunta: – Qué tal? – Todo en orden, gracias. Beber el café contemplando a la misma gente de siempre. Mirar al fondo de la barra donde languidece ese señor que  empieza el día con su copa de coñac habitual y seguir preguntándote si su vida es realmente tan triste como destilan sus pupilas ebrias y anodinas.

Coger el metro y juntarte, cruzarte, rozarte con todas esas personas ajenas que te hacen sentir más sola entre la multitud. Caminar como un autómata a tu trabajo, a esa tregua de 8 horas diarias remuneradas. Y entonces desear, con todas tus fuerzas, que por lo menos una de esas personas con las que te has encontrado sea realmente feliz esta mañana. Porque de lo contrario, te asaltaría la duda de si hubiese sido mejor no haber nacido o renacido otro día.

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Una respuesta a “OTRA MAÑANA

  1. Con este texto te alzas como una excelencia de la analogía verdadera, específicamente sobre la soledad, sobre lo exangüe de lo cotidiano y sobre toda la miseria que invoca a la esperanza.

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