Aniversario

Salgo de casa, sin prisas. Miro a mi alrededor y espero unos segundos a que mi visión se acostumbre a la luz del mundo exterior. Son sólo unos segundos en los que las pupilas se contraen una y otra vez hasta que la vista se ajusta a todo lo que le rodea. Son unos pocos segundos en los que pienso que ojalá todo se pudiese ajustar de esa forma tan sencilla. Nada nuevo bajo el sol. La vida transcurre con la misma monotonía ensordecedora. Gente que pasa, que se cruza sin mirarse, sin percatarse siquiera de que pertenecen a la misma especie. Que sólo por ese simple detalle cualquier animal se dedicaría unos segundos a reconocerse en la existencia del otro. Ni una brizna de ilusión, ni un triste coche mal aparcado. Nada que indique pensar que este ordenado desastre algún día dejará de atraparnos, a todos, en su absurda telaraña.

Hoy nos encontraremos en el mismo lugar que el destino reservó para nosotros, hace un año. Hoy es un día especial. Por el camino voy recordando todas aquellas cosas que tenía pensado decirte. Llevo días haciendo un hueco en algún lugar reservado de mi memoria  dónde colecciono detalles, anécdotas y algunas palabras de gente que te quiere. Las de los otros las he desechado, las he envuelto en sus propias mentiras y las he mandado bien lejos, para que no puedan ni rozarte.  Mentalmente, repaso esa lista que llevo días ensayando y decido ordenarla con alguna regla nemotécnica que me ayude a que esta vez, no se me olvide nada; que esta vez no haya silencios. Sigues siendo la persona que más me conoce y seguro recuerdas perfectamente mi patológico caos con las palabras. Tú siempre me has dicho que nunca fue importante ni el orden ni la forma en que decía las cosas, que te bastaban mis labios cerca, y mi mirada abrazándote. Incluso te permitías burlarte de mi incapacidad para articular cualquier sentimiento con cierto orden lógico. Pero he cambiado y ahora te prometo que será diferente.

Creo que sería una buena opción ordenarlo todo por secciones, como en los periódicos que devorabas cada domingo por la mañana mientras yo veía los resúmenes de los deportes. Recuerdo que te miraba de reojo mientras encendías un cigarro, te desprendías de la toalla que cubría tu melena y dejabas caer todo aquel universo mojado sobre tu espalda.  Recuerdo que, acto seguido, imaginaba que un terrible huracán te despojaba de la toalla que cubría tu desnuda violencia y te desprendía justo hasta mí. Evidentemente, aquello nunca sucedía así. El sexo siempre surgía en el momento que menos lo esperaba: mientras freía las patatas, hablaba por teléfono con mi madre  o arreglaba aquel chisme de televisión que tú nunca quisiste cambiar porque la vida te seguía pareciendo mucho más interesante en blanco y negro. Lo cierto es que siempre fuiste impredecible, desde el día en que te conocí. Y desde el principio esa incerteza, no sé ni cómo ni por qué, fue lo único seguro, lo que dio sentido al resto de mi vida. Aún hoy guardo intactos todos tus recuerdos. Aquel álbum con todas las entradas de cine de las películas que habíamos visto juntos. Aquel álbum que cuidabas con más devoción que el de nuestra boda… “Aquello fue un solo día” decías, “en cambio tú y yo siempre seremos las películas que hemos visto”. Conservo, por ejemplo, la caricia de tus manos abrazando cada una de mis dudas, convirtiéndolas en  mágicas promesas. Tu sonrisa, incondicional, borrando el rastro de mis lágrimas para que algún día olvidasen el camino y no supiesen volver. No recuerdo ningún silencio porque tú los odiabas, no entendías que no hubiese nada que decir. Tenías tanto miedo de que ese momento llegase que pensabas que ese día te ahogarías porque no podrías respirar. Pero como te decía, esta vez tengo todo ordenado y te hablaré con la misma claridad con la que tu mirada brutalmente marina me abría las puertas de tu infinito océano, apto para náufragos como yo; con la misma vehemencia de quien lleva ensayando toda la vida el mismo discurso; con la rabiosa convicción de quién ya no sabe nada más.

Perdido en mis pensamientos empiezo a adivinar breve la distancia que me separa del lugar dónde voy a verte.  No puedo dejar de sentir un cierto vértigo y me detengo.  Llega el primer escalofrío. Luego vendrán los otros, pero éste siempre es el peor, quizá porque es el primero que golpea mis entrañas y me escupe verdades implacables, como la imposibilidad de tu regreso. Pasan unos minutos que a mí me siguen pareciendo eternos y consigo reunir el valor para seguir con mis pasos la ruta que me lleva hasta tu cuerpo. Las piernas me empiezan a temblar aunque mi paso es seguro. Piensa en la lista –me repito, la maldita lista que minutos antes elaboraste: la última peli de Woody Allen, la movida del 15 M, las elecciones (joder! esto era importante para ti, debería figurar en primer lugar), el nuevo disco de Manel,… Y por fin llego, levanto la mirada y todo se detiene. Como aquel día. Y una vez más, no sé qué decirte. Mis labios se entreabren haciendo una extraña mueca, pero sólo consiguen emitir el mismo sollozo de siempre. Entonces lloro, como no he podido dejar de hacerlo desde entonces. Resignado, saco un pañuelo de mi bolsillo y quito el polvo de tu lápida, mientras te cuento, entre susurros, esta absurda lucha por olvidarte.

 

A la memoria de aquel epitafio que encontré: “No pasa un sólo día en el que no imagine como habría sido contigo”.

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